Las distopías nunca han faltado en el surtido que oferta la ficción en cualquier formato. Nacieron en la literatura, mediante fábulas tan absorbentes como la de Gulliver y sus inquietos viajes, los cuales le permitieron conocer sociedades tan alejadas como inquietantemente familiares en algunos compases. Si Tomás Moro forjó el concepto de la Utopía como un ideal inalcanzable al que se debía aspirar, la Distopía se muestra como la lógica prolongación de esa idea que puede ser deformada y convertirse en un cuento con moraleja, el grito de socorro antes las dimensiones más inquietantes del presente en el que nos movemos.
El séptimo arte es el trampolín perfecto para que esa mirada al horizonte sea impactante y depare momentos tan inolvidables como el monólogo final de Blade Runner. En Windumanoth hemos querido jugar a hacer un podio muy particular, un altar a futuros inciertos que ocuparan diez películas. Hay pocos recelos en que cada una de ellas merece estar, si bien se han quedado otras en el tintero que en nada las habrían desmerecido.
El orden se basa simplemente en la cronología de su aparición en las carteleras. Con una bolsa de palomitas, entren libremente y por propia voluntad en esa bola de cristal del celuloide que nos advierte sobre nosotros mismos. En entradas anteriores os hablamos de Metrópolis, de El planeta de los simios, de La naranja mecánica, de Blade Runner, de 1984, de Robocop y de Terminator 2. Hoy os hablaremos de…
AKIRA

Cartel original (1988)
La Segunda Guerra Mundial dejó unas cicatrices muy profundas en el archipiélago nipón. Sin ellas sería imposible comprender la evolución de una sociedad que pasó del terrible imperialismo en el Pacífico de las décadas anteriores a una etapa realmente novedosa en el país asiático. Por el camino, la catastrófica experiencia de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki dejaron un poso que la cultura popular trasladó a leyendas como la de Godzilla, la bestial criatura que pasó de amenaza a fuerza protectora de las islas mientras servía de sagaz denuncia de las probaturas norteamericanas durante la Guerra Fría.
Era mera cuestión de tiempo que una industria tan poderosa como la del anime se dejará caer con un hipotético tercer conflicto que sumiría a la capital japonesa en unas ruinas tales que habría de ser reconstruida. Para lograrlo únicamente deberían seguir al pie de la letra el célebre manga de Katsuhiro Ōtomo, quien uniría fuerzas con Izo Hashimoto en aras de brindar una de las distopías más escalofriantes de la animación.
La caja de Pandora
Una cuestión sorprendente de la mitología nipona radica en la rapidez con la que supo pasar de centurias de fuerte hermetismo a una capacidad de mimetizar la globalización en su propio beneficio y autopromoción. El resto de los rincones del mundo hallaron fascinante a una cultura que presentaba unos rasgos tan propios y con difícil comparación con otras civilizaciones. Ahondando en ese escenario, los siete millones de dólares de Akira de presupuesto indican que nos hallamos frente a una auténtica superproducción que ansiaba ser un hito dentro del anime.
El estilo de esta distopía es claramente cyberpunk y se ambienta en el (por entonces) remoto año 2019. Hay bandas de moteros carismáticos con líderes como Kaneda, mientras las crisis políticas y las experimentaciones científicas en secreto pueblan todo el lugar en una atmósfera subterránea. En cierto sentido, emplear vehículos como las motocicletas con esa virulencia emparenta a nuestra cinta de animación con otro icono de esa clase con el aura de Mad Max.

Kaneda derrapando con su icónica moto.
Si bien es muchas cosas, esta adaptación del manga confirma la célebre premisa de que el poder corrompe y el poder absoluto… corrompe absolutamente. En un ambiente depresivo donde la corrupción política impera, podemos afirmar que nos hallamos frente a una propuesta precursora que luego ha influido a otros autores de cómics de escuelas tan distintas como la del estadounidense Sean Murphy.
El vínculo entre Akira y Tetsuo nos lleva a algunas escenas realmente potentes, si bien incluso las legiones de fans más apasionadas de la cinta admiten que el argumento es intrincadamente laberíntico y confuso en algunas secuencias. Probablemente, uno de los inconvenientes anidaba en que ni siquiera dos horas de metraje podían condensar eficazmente al manga original, el cual disponía de mucho más tiempo y espacio para desarrollar todo aquello que pretendía en un futuro cercano.
Ya lo hicieron los Simpson
Así lo resumía South Park cuando intentaban explicar el riesgo de intentar ser originales en el campo de la animación. Por ello, sorprende poco que la familia amarilla haya sido una de las primeras en intentar parodiar a la distopía más querida surgida del manga. Hacemos referencia, claro está, a Bartkira (2015), apenas dos minutos de un corto que intentaba aglutinar eclécticamente la propuesta de Ryan Humphrey, cuyos cómics habían jugado con esta esta ecléctica mescolanza. Medio centenar de profesionales del medio trabajaron bajo la supervisión de Kaitlin Sullivan, creándose un mini-objeto de culto que ha llevado a suspirar a un sector del fandom en aras de poder ver realmente un largometraje donde Bart arranque la moto y surque ese paraje crepuscular con toques de humor gamberro.

En ese sentido, la broma presagiaba que se iba cerrando un círculo. Otomo había sido un gran consumidor del cine americano de acción y futurista que él trasladó a su propio terreno con una imagen post-apocalíptica de Tokyo. Al más puro estilo Terminator 2, todo arranca con una bomba atómica en los estertores de un año 1992 que acabará con buena parte de los grandes núcleos urbanos que conocemos. Tanto el público occidental como el de Oriente podían disfrutar de rasgos comunes que mostraban como cualquier obra de ficción tiene conexiones que traspasan cualquier frontera.
De hecho, hay una fuerte conexión con Blade Runner a través del peso que tienen los hologramas en una ciudad que parece no dormir nunca y estar tan desangelada de contacto humano como plagada de peligros,con unas bandas motorizadas que en nada tendrían que envidiar a las de cierta distopía afincada en Australia. De hecho, en otro tono, películas posteriores como Her (2013) nos advierten en un curioso cautionary tale de que cuanto más se humanizan las máquinas… mayores riesgos existen de una deshumanización de las personas que las crean.
Las reyertas entre Las Cápsulas, la pandilla del protagonista, y Los Payasos (la sombra de cierto arlequín de Gotham deambula por aquí) nos conecta con el cine norteamericano más propio de ese tipo de juventud alocada que podemos ver en La ley de la calle (1983), aquella fábula del “chico de la moto” de Francis Ford Coppola. Los futuros desolados vuelven a conectarnos con el papel de la tribu y el anhelo cavernario de mostrar habilidades físicas que justifiquen la posición que se ocupa entre los iguales.
El gran potencial de Tetsuo es la envidia, la misma que los personajes de Matt Dillon y Nicholas Cage tienen en su subconsciente hacia Mickey Rourke. Una admiración envenenada por los complejos de inferioridad que pueden llevar a un destino inquietante. Cierto aroma a los X-Men está presente en Akira, también a la Carrie de Stephen King, puesto que Tetsuo es la personificación de alguien que va a recibir los poderes de una deidad tras sentirse desolado, maltratado y sin la fortaleza emocional para manejarlos adecuadamente.

Tetsuo dando rienda suelta a su ira
Igual que el militar William Stryker con Lobezno, su colega de cargo Taisa muestra la firmeza de un organigrama militar sin escrúpulos que no duda en utilizar a las personas como si fueran meros recursos naturales y desechables. La aplicación de una ley marcial taxativa y donde las personas son reducidas a meros recursos desechables es otro denominador común de cualquier obra dentro de este género.
Que Tokio recibiera la designación como sede de los Juegos Olímpicos de 2020 no dejaba de esconder una fina ironía. A fin de cuentas, un emplazamiento como el Estadio Olímpico en Akira era usado en ese 2019 como la perfecta pantalla para tener ahí un laboratorio criogénico para revivir el mito de Frankenstein o el moderno Prometeo, pero con mucha más capacidad de destrucción que el buen doctor.
Como todas estas joyas se retroalimentan, otra celebridad que viene a la cabeza es Logan, aquella Arma-X que terminó siendo convertida en uno de los guerreros más feroces producidos en la Academia de Charles Xavier. Designados con fríos números, los críos que en este clásico del anime son tratados como mero ganado nos exhiben uno de los horrores del siglo XX: los campos de concentración. Aglutinar a grandes masas de personas hacinadas y donde la cultura pop ha querido enmarcar a antihéroes como Magneto, la metáfora de una venganza en proporción frente al horror sufrido.
La semana que lo cambió todo
Aquel ejemplar de la revista Weekly Young Magazine no era uno más. Aquel mes de diciembre de 1982 empezó a gestarse uno de los escenarios de ficción más perdurables en la leyenda del manga. A lo largo de ocho años, Otomo configuró una realidad sangrante que había sufrido la tan profetizada III Guerra Mundial, un miedo que todavía orbita cual espada de Damocles en nuestro mundo.

Número 24 de la ‘Weekly Young Magazine’ en el que se publicó el primer capítulo de Akira.
El transcurso de los años llevaría al estudio de aquella fórmula que fascinaba por igual a distintas generaciones. Nadie estuvo más certero que Bruce Bethke, quien acuñó la expresión cyberpunk para las puertas que títulos como Blade Runner o la propia Akira habían abierto de manera temeraria. Solamente quedaba obtener la inmortalidad de la mano del estreno en las salas de proyección, algo que sucedió en los cines del archipiélago japonés en julio de 1988, el último paso para convertirse en una referencia ineludible y vox pópuli para aludir a un universo donde todo ha salido mal.
Como cualquier joya que se precie, debía existir una pequeña imperfección. En el mismo mal que aconteció a George R. R. Martin, la versión en la pantalla terminó adelantando al material original a la hora de plantear el último acto… el cual todavía eran esquivas musas para el artista que concibió la idea. Eso llevó a tener que tomar algunas soluciones que complejizaron todavía más una ópera que lleva la expresión hipérbole hasta nuevos niveles.

Las motos avanzando hacia el Sol Naciente ejemplificaban unos caminos inquietantes que casi podían ser el preludio de un culto al líder que había traído infames resultados a la orgullosa nación de los samuráis. Teniendo en consideración la capacidad de diversificar los mangas originales en otras ramas de la industria del entretenimiento, resulta llamativo que Akira no haya estado más presente en el mercado de los videojuegos, una peculiar maldición que ha incluido varios proyectos non-natos que hicieron suspirar a la generación de la Game Boy, Super Nintendo o Game Gear.
Con motivo de sus 32 años de vida, la película sería reestrenada, una oportunidad de conectarla con nuevos amantes del género y confirmar a sus antiguas hordas de admiradores que nada ha envejecido en este feroz cóctel molotov que nos arroja a un relato de violencia, poderes y el espectro de un Holocausto.
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