Terminator 2: El juicio final

TOP 10: Las mejores distopías cinematográficas (Séptima entrega)

Por Marcos Rafael Cañas Pelayo
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Las distopías nunca han faltado en el surtido que oferta la ficción en cualquier formato. Nacieron en la literatura, mediante fábulas tan absorbentes como la de Gulliver y sus inquietos viajes, los cuales le permitieron conocer sociedades tan alejadas como inquietantemente familiares en algunos compases. Si Tomás Moro forjó el concepto de la Utopía como un ideal inalcanzable al que se debía aspirar, la Distopía se muestra como la lógica prolongación de esa idea que puede ser deformada y convertirse en un cuento con moraleja, el grito de socorro antes las dimensiones más inquietantes del presente en el que nos movemos.

El séptimo arte es el trampolín perfecto para que esa mirada al horizonte sea impactante y depare momentos tan inolvidables como el monólogo final de Blade Runner. En Windumanoth hemos querido jugar a hacer un podio muy particular, un altar a futuros inciertos que ocuparan diez películas. Hay pocos recelos en que cada una de ellas merece estar, si bien se han quedado otras en el tintero que en nada las habrían desmerecido.

El orden se basa simplemente en la cronología de su aparición en las carteleras. Con una bolsa de palomitas, entren libremente y por propia voluntad en esa bola de cristal del celuloide que nos advierte sobre nosotros mismos. En entradas anteriores os hablamos de Metrópolis, de El planeta de los simios, de La naranja mecánica, de Blade Runner, de 1984 y de Robocop. Hoy os hablaremos de…

Terminator 2: El juicio final

Terminator

Cartel original (1991)

El impacto de una bomba nuclear con un potencial oscilante entre 20 y 30 megatones azota a la Meca californiana del cine. Bob y Dennis Skotak, hermanos y trabajadores en la industria de efectos especiales, han recibido instrucciones muy claras del director James Cameron: si van a hacer algo fantástico para la gran pantalla, debe sentirse como una posibilidad muy real. No son los únicos que trabajaban a destajo durante el rodaje de Terminator 2: El juicio final (1991). Stan Winston, artista consumado del maquillaje, llevaba muchas horas preparando el cuerpo reducido a cenizas de Sarah Connor, una de las heroínas de acción más importantes en el género de la ciencia ficción.

Linda Hamilton, la actriz que ya dio vida a Sarah en la fabulosa y terrorífica Terminator (1984), pudo respirar aliviada aquella vez. Si bien vendrán secuelas poco inspiradas que incluso la «matarían» fuera de cámara, aquí la secuencia es solamente una imagen destinada a advertir al público de que las apuestas estaban en su máximo riesgo a la hora de llevar a la distopía de Gale Anne Hurd y el propio Cameron.

Arnold Schwarzenegger, la hercúlea masa de músculos que llevó al T-800 a ser una imagen que generaba pánico bajo la música de Brad Fiedel, insiste a todos los miembros del equipo en el error que supuso Conan, el destructor (1984): si un largometraje ha funcionado siendo extremo, no debe suavizarse a los personajes en aras de querer captar a un mayor espectro de audiencia. Eso sí, ahora el célebre culturista sabe que su estatus y el del propio Cameron ha cambiado en la industria de Hollywood, hay prácticamente un cheque en blanco para hacer algo memorable con la historia de la malvada Skynet, una inteligencia artificial que ha declarado una guerra de exterminio contra la humanidad liderada por John Connor.

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Arnold Schwarzenegger y James Cameron en el set de rodaje de Terminator 2

Doble o nada

En su momento, Cameron había concebido que su primera parte tuviera dos robots que viajaran al pasado. Sin embargo, el cerrado presupuesto que manejaba le obligó a limitar la operación de Skynet de matar a su némesis antes de que naciera a un agente. En Terminator 2 hay un clásico T-800 y una evolución de la cadena de montaje: el T-1000. Robert Patrick fue la sorprendente (y acertada) elección de casting para dar vida a una actualización de todo aquello que había representado el frío asesino encarnado por Schwarzenegger.

El giro genial del guion firmado por el director y su buen amigo William Wisher Junior radicaba en que ahora el T-800 del futuro venía reprogramado por John Connor en persona para ayudar a su versión infantil de 1995. Justo a las puertas del Día del Juicio Final, el momento donde el apasionado científico Miles Dyson (Joe Morton), el hombre con curiosidad que está a punto de crear al peor monstruo de Frankenstein posible. En nuestro presente actual, el miedo a los T-800 parece menos lejano que la inquietante progresión de la IA y el temor a que llegue una Skynet capaz de descubrir que puede actuar en solitario de manera más eficiente sin el lastro autodestructivo que es la humanidad.

Terminator 2

Robert Patrick encarnado al temible T-1000

La fórmula de esta segunda entrega de la franquicia es tan solvente que es homenajeada sin rubor por Terminator Zero (2024), una versión anime estrenada en la plataforma de Netflix con la idea de mostrar este universo en un escenario asiático con el aura de Japón. Asimismo, se convertirá en el ideal inalcanzable para sus sucesoras. Incluso Terminator: Destino oscuro (2019), que bebía de un  a siniestra idea original de Cameron, palidece por completo frente al primer Dia del Juicio Final evitado por el joven John Connor encarnado por Edward Furlong, quien repetiría con otro gran éxito gracias a American History X (1999), previamente a que su carrera se malograse por cuestiones ajenas a lo artístico.

Curiosamente, una de las bases de Terminator 2 es un western de factura muy clásica: Raíces profundas (1953). El T-800 pasaba de ser un asesino frío a una figura casi paternal, lo único que se interponía entre el linaje Connor y la nada más absoluta merced al frío pinchazo del T-1000. Robert Patrick dio vida al mal de un tipo de cine más desconfiado, donde el villano lleva uniforme policial y un icono de esperanza como Sarah Connor está recluida en un hospital psiquiátrico por el doctor Silberman (Erl Boen), uno de los terapeutas más irritantes del celuloide junto al doctor Frederick Chilton en la saga sanguinaria de Hannibal Lecter.

Terminator 2

Linda Hamilton caracterizada como Sarah Connor

Preparada a conciencia en el plano físico, Hamilton, quien ya había ganado reputación en Los chicos del maíz (1984) hace el mejor papel de su carrera en una prueba contrarreloj por recuperar su libertad, salvar a su hijo y reencontrarse consigo misma. En versiones extendidas, hay una escena amorosa muy tierna para una auténtica madre espartana como ella: la aparición espectral de Kyle Reese, el héroe de la Resistencia del futuro que fue mandado para protegerla y con quien se confirmó la paradoja: sería el padre de John Connor al enamorarse de la madre de su comandante y consumar dicha pasión antes de sacrificarse en aras de acabar con el primer T-800 mandado a reescribir la Historia.

El espectro de otro éxito en taquilla como Regreso al futuro 2 (1989) disuadió a Cameron de ambientar la nueva trama en el futuro distópico que tanto le apetecía. Dicha realidad no sería vista en las salas de proyección hasta la denostada Terminator Salvation (2009), una de las aproximaciones más singulares de la franquicia y donde un actor del calibre de Christian Bale intentó llenar las botas de la leyenda de John Connor. Como la propia interacción entre Hamilton y Furlong demuestra, el aura de en lo que va a terminar siendo su retoño hace que incluso alguien como Sarah quede desbordada entre el instinto de protegerlo y también de formarlo para ser un conductor de masas en días de fuerte crisis.

Arnold Schwarzenegger y Edward Furlong en uno de los planos icónicos de Terminator 2

Con asalto a Silicon Valley incluido, hay cierto movimiento ludista en las acciones contrarreloj del triunvirato protagonista de Terminator 2 que beben de otra de las grandes referencias de Cameron: Días del futuro pasado de Chris Claremont y John Byrne con los mutantes de Marvel. Conjugar desolación con una brizna de esperanza casi imposible para lograr el milagro deja un cóctel que sería como el testamento y legado final del género imperante de acción de los ochenta. Eso sí, pocas de sus colegas pueden presumir de la contundencia y el carisma de esta segunda parte que desmontó todos los tópicos.

Industrial Light and Magic, compañía que solía colaborar con un gigante de la industria como George Lucas, dio el salto a la primera división de los efectos especial con el CG2, convirtiendo al T-1.000 en una pesadilla andante que debía cambiar de forma sin alterar la masa y el peso. Mark Goldblatt fue el principal responsable del equipo de montadores que discutieron sobre el montaje final, incluyéndose ese apéndice tan debatido de una Sarah Connor en un parque idílico en pleno 2029. Probablemente el mejor epílogo posible a esa odisea donde su principal artífice se dio el gusto a una de sus pulsiones: destrozar cuantos más camiones mejor durante el desarrollo de la misma.

Un ataúd incómodo

Sorprende poco que Linda Hamilton rechazase salir en Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003). La historia original de John Brancato estaba revestida del interés de considerar el Apocalipsis tecnológico ineludible y dejar un pozo inquietante. De cualquier modo, el primer borrador daba poco peso a Sarah, uno de los iconos de la saga, además de desaparecer a mitad del libreto sin que nadie del elenco la añorase realmente. La imagen del musculado Arnold, ya enfrascado en su carrera como futuro gobernador de California, sosteniendo el presunto ataúd de la heroína.

Otras transgresiones como Terminator Génesis (2015), dirigida por el televisivo Alan Taylor, tuvieron un punto de arranque interesante que buscaba hacer una estructura en paralelo a los momentos emblemáticos de las dos primeras entregas. Con todo, sin negar el talento actoral de Emilia Clarke, tal vez daba menos el perfil de Sarah Connor que una de sus compañeras de reparto en Juego de Tronos: Lena Heady cuajó una más que creíble guerrillera en las dos temporadas de Las crónicas de Sarah Connor (2008-09), una secuela directa del clímax de la franquicia en los días bajo la batuta de Cameron.

El inconveniente del show de FOX anidó en una inesperada cancelación que dejó bastantes flecos por resolver, además de aceleraciones. Sea como fuere, encontraba una explicación bastante creíble a la conformación de la identidad de John Connor y su forma de eludir el escrutinio de Skynet, además de ser llamativa la química sexual entre Thomas Dekker y Summer Glau, provocando que se diera un tipo de relación entre personas y máquinas que hasta ese momento la saga no había explorado.

Irónicamente, la que muchas voces consideran la mejor continuación de este mágico universo no pertenece al audiovisual: hemos de viajar a RoboCop Versus Terminator (1992), un auténtico regalo hecho viñetas donde se aunaron los talentos de Frank Miller (responsable, entre otras, de algunas de las mejores etapas de Daredevil y Batman) y Walter Simonson (tal vez el artista que mejor ha comprendido al Thor marvelita). La historia escapaba a los clichés de un mero crossover para sacar fáciles ventas, existiendo exquisitas paradojas temporales en una guerra que mezclaba a dos de los iconos más distópicos más queridos por el fandom.

Conforme pasan los años, aquella pesadilla de una figura metálica fundiéndose abrasada que inquietó el sueño de James Cameron en una habitación de Roma no ha perdido vigencia. El temor a la máquina puede haberse superado tras tantas películas y videojuegos donde han sido derrotadas, pero la inteligencia artificial que representa Skynet está más vigente que nunca y encarna algunos de nuestros miedos más profundos. Un Prometeo artificial que, no sin cierto fundamento, termina decretando que la humanidad es un auténtico peligro que merece ser exterminado.

En palabras de la sagaz productora Gale Anne Hurd, responsable directa asimismo entre bambalinas de la espectacular Aliens (1986), la mecanización de esta dinastía de estos filmes de acero fundido refleja como pocas las imperfecciones de nuestra propia realidad.

 


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