Reseña: Una casa en Gaza

Por Alister Mairon
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Una casa en GazaTítulo de la obra: Una casa en Gaza
Autora: Alfredo Álamo
Editorial: Orciny Press
Año de edición: 2026
Extensión: 179 páginas
Encuadernación: Rústica
PVP: 17,00 € (papel)


En la frontera de Gaza la tierra es un erial asolado por la guerra. Un desierto erigido sobre el dolor de los antiguos habitantes donde las botas de los soldados dejan rastros sobre el polvo. Nada crece allí; nada prospera. Nada, salvo una casa solitaria y el jardín que la rodea. Un lugar imposible donde una familia decide asentar su futuro a cambio de mirar para otro lado ante el horror. Así da comienzo Una casa en Gaza, la nueva novela de Alfredo Álamo que retrata los ciclos de destrucción a través del terror cósmico y el new weird y con la que Orciny Press regresa a los estantes.

CONSTRUIR UN FUTURO… SOBRE LA MUERTE DE OTROS

La vida ha sido dura para Ilyana e Iván, una pareja moscovita con dos hijos, Sarah y Nico. Cuando la guerra se cierne sobre su país, ambos deciden hacer las maletas y abandonar Rusia para empezar de cero en otro lugar. Acogiéndose a un programa de asentamientos promovido por el gobierno israelí, la familia llega así a la zona fronteriza con Gaza, donde se les ha asignado una casa que podrán ocupar.

En seguida se dan cuenta de la anomalía que supone ese hogar. La construcción se alza silenciosa al final de una carretera, lejos del asentamiento judío más cercano. La rodean campos de minas y también un frondoso e imposible jardín. Es el único bastión habitable a muchos kilómetros a la redonda, un punto solitario en el mapa que los soldados y los habitantes del asentamiento conocen como «la casa del pozo». Un lugar del que se evita hablar.

Sin embargo, convencido de que es un regalo de Dios, Iván abraza enseguida la casa y su generoso jardín.  Allí los árboles crecen y dan fruto fuera de estación, nutridas por el agua oscura de pozo que permanece oculto tras una construcción de hormigón. Seducidos por la prolija parcela, la familia se instala en ese hogar sin prestar excesiva atención a los detalles que los rodean. No importan las manchas del suelo; ni los sospechosos hoyos en la pared. El hogar les proveerá un futuro próspero sobre la Tierra Prometida a sus antepasados. Aunque, en realidad, ningún pariente suyo haya puesto jamás los pies en ese desierto.

Alfredo Álamo

UN CORO PARA NARRAR EL HORROR DE UNA CASA EN GAZA

La sospecha de que algo malsano sucede en ese lugar planea desde las primeras páginas de Una casa en Gaza. Es una sensación angustiosa que se cuece a fuego lento y que vamos desgranando, capítulo a capítulo, a través del punto de vista de los cuatro integrantes de esta familia colona. Al fin y al cabo, el horror tiene muchos rostros. Y siempre sabe hallar el modo más idóneo de penetrar en las almas de quienes a él se exponen.

Algunas personas, como Iván, prefieren dejarse arrastrar por lo incomprensible y abrazar lo corrupto. Siempre y cuando les beneficie, ¿por qué rechazar un regalo tan dulce como ese frondoso jardín? Otros viven el miedo desde el pragmatismo pasivo, como le sucede a Ilyana: es más fácil frotar las tablas del suelo que cuestionarse la razón de las manchas. Por su parte, Sarah enfrenta los secretos de la casa del pozo desde la intelectualidad, con los riesgos que ello comporta. Los libros pueden contener muchas respuestas sobre el pasado, sí; pero también abrir puertas que jamás debieron ser tocadas.

En mitad de la vorágine de angustia, solo Nico, debido a su juventud, vive el entorno opresivo de la casa con cierto ánimo aventurero. Para él, el jardín y esas paredes son un nuevo territorio para explorar. Un enorme patio de juegos lleno de promesas. La inocencia puede ser un bálsamo para protegerse de los horrores, pero se convierte en trampa cuando ciega ante los peligros. Y en Una casa en Gaza, el mal acecha tras cada párrafo.

NO SE PUEDE ESCAPAR DEL PASADO; NI DE SUS ARCANOS PODERES

Como ya hiciera en obras como La estrella cae, la tierra llora, Álfredo Álamo dota de una agencia palpable al pasado. Las creencias y recuerdos remotos influyen sobre el presente. No importa lo mucho que Ilyana e Iván miren para otro lado: la realidad vivida en esa tierra sigue impregnando paredes, suelo, agua y raíces. Y lo que alimenta al jardín imposible no es tanto un regalo del cielo como la corrupta naturaleza de los poderes que habitaron la franja de Gaza. Una fuerza ancestral que siempre tiene hambre y saber perfectamente cómo saciarse.

Las guerras humanas y el ansia de abarcar nuevos territorios reconfigura los mapas, pero la tierra tiene memoria. Y las entidades que en ella moran no pueden ser expulsadas ni por bombas ni mediante ocupaciones. Una verdad que Iván y su familia descubrirán a las malas y de la peor forma posible. No en vano, antes de que ellos llegasen para reclamar esa parcela en mitad del desierto, la casa del pozo ya albergaba a otras fuerzas y custodiaba un antiguo equilibrio. Y ninguna familia humana que penetre en sus dominios pondrá fin a un ciclo ancestral que ha existido desde mucho antes que se redactasen los textos sagrados.

Lentamente, la casa ocupada que les prometía un futuro próspero se va convirtiendo en prisión. Una celda de paredes golpeadas por las balas y tierra manchada de sangre que nutre el salvaje vergel. La opresiva atmosfera creada por Álamo asedia a Iván y su familia y los arrastra hacia el más oscuro de los pozos. Tal vez el subtítulo de la novela, El jardín de Baal, sea revelador acerca de la asfixiante naturaleza de ese hogar corrupto.

Una casa en Gaza

Así pues, Una casa en Gaza es una novela compleja que se vale del weird y el horror para hablar de temas dolorosamente tangibles. La frontera de Gaza no es un escenario fantástico: es un verdadero paisaje de pesadilla sobre el que el autor construye su historia. No hay en ella belleza, resarcimiento, ni piedad. Solo fruta corrompida, castigo y unas dinámicas violentas perpetradas por humanos y entidades que se remonta a tiempos pretéritos.

La novela es una progresión lógica de la narrativa de Alfredo Álamo, donde el elemento de ficción sirve como herramienta de denuncia. Sea de temas cercanos, como la degradación de El Cabanyal vista en La vieja sangre, o poniendo el foco en tragedias tan aberrantes como el genocidio perpetrado en Gaza. Quienes empaticen con la escritura comprometida y política del autor, hallarán en Una casa en Gaza una historia que cristaliza su trayectoria.

Por contra, lectores aprensivos o poco amantes del horror descarnado, solo encontrarán en estas páginas un vórtice de sufrimiento explícito. Aunque, y sin desmerecer el esfuerzo pergeñado por el autor, no hay narración posible que pueda reflejar horrores mayores que los que ya se viven en la actualidad en cualquier casa en Gaza.


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