Reseña: Luenga Sombra

Por Windumanoth
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Luenga SombraTítulo de la obra: Luenga Sombra
Autora: Olivia Atwater
Traducción: Rebeca Cardeñoso
Editorial: Duermevela
Año de edición: 2026
Extensión: 340 páginas
Encuadernación: Rústica con solapas
PVP: 19,95 €


Una reseña de Mariló Catalán

Tras Media alma y Diez mil puntadas, Olivia Atwater pone punto y final a su trilogía de la Regencia mágica con Luenga Sombra. Aristocracia inglesa y cuentos de hadas se unen de nuevo para construir un romance dulce a la vez que subversivo, con una historia repleta de misterio donde la muerte asume un papel temático central.

Si bien las dos primeras novelas pueden, hasta cierto punto, considerarse como autoconclusivas, Luenga Sombra actúa como secuela directa de Media alma y no aconsejo leer una sin leer la otra (y no solo porque Media alma sea un libro maravilloso que nunca me cansaré de recomendar). Los spoilers son inevitables y el trasfondo necesario, ya que nuestra protagonista no es otra que Abigail Wilder, la hija adoptiva de Dora y Elias, a quien conocimos cuando solo era una niña y con la que ahora nos reencontramos convertida en una hechicera principiante de dieciocho años. Para no perderse nada, también conviene haber leído Diez mil puntadas y el relato La llave (incluido en la edición de Duermevela), donde aparece por primera vez lord Luengasombra, un hado con dominio sobre los muertos.

A quienes entusiasmaron las anteriores entregas casi seguro que les agradará esta última, pues conserva su encanto y muchos de los elementos que las hicieron tan disfrutables. Se añaden otros que mantienen fresca la fórmula: un romance sáfico, pinceladas de investigación detectivesca y un énfasis en los lazos familiares.

AMOR, MAGIA… Y CRIMEN EN LUENGA SOMBRA

En Londres, alguien está asesinando a jóvenes casaderas de la alta sociedad y, naturalmente, las hadas están implicadas. Descubrir por qué y de qué manera es tarea del sorcier real, Elias Wilder, pero su hija no piensa quedarse de brazos cruzados. Mientras Abigail busca pistas por su cuenta, conocerá a Mercy, una joven con talento mágico y atuendo de lavandera, que oculta sus propios secretos. Resolver los crímenes quizás sea más fácil trabajando juntas, aunque implica riesgos de índole más personal con los que la señorita Wilder no contaba, y dar respuesta a las preguntas que no era consciente de haberse hecho.

Abigail es testaruda, inteligente, decidida, generosa, valiente… y una hábil mentirosa, algo que, lejos de ser una característica negativa, resulta muy útil. Mercy es un misterio en sí misma, intrigante pero opaca, por lo que es más difícil comprenderla y encariñarse con ella. La relación entre ambas se desarrolla a fuego lento. Forman una alianza que evoluciona a amistad y que crece, llena de anhelo, hasta ser algo más. Cabe destacar (y aplaudir) que, aunque la atracción de Abigail hacia otra mujer supone una sorpresa para ella misma, también es un alivio; no existe culpa, vergüenza, ni rechazo, únicamente la aceptación de una parte de su ser que desconocía y que, una vez identificada, le aporta confianza y hace crecer al personaje, ya más segura de quien es y de lo que desea.

La novela es ligeramente más juvenil que sus predecesoras, en tanto que la investigación de los crímenes ocupa un espacio considerable. El romance se estructura en torno a una trama con tintes procedimentales que empuja a seguir leyendo hasta desvelar todas las incógnitas. La magia y el mundo feérico están más presentes que nunca, aunque por desgracia, eso significa que Inglaterra y sus eventos sociales quedan en un segundo plano. Me habría gustado conocer mejor a las otras señoritas de la edad de Abigail, tanto a las asesinadas como a las vivas. Pero que no cunda el pánico: por supuesto que hay un baile.

Tampoco le falta a la novela ese punto de rebeldía que se ha convertido en seña de identidad de su autora. La prosa de Atwater es amable y reconfortante, pero también inconformista. No huye de las sombras, sino que busca la luz en ellas, y tiene siempre una idea a rebatir o examinar que la impulsa. Hay una sensación de desquite emocional en sus páginas, de furia justificada. Leer sus libros se asemeja a desahogarse con un amigo después de un día largo. Son la clase de lectura que hace falta cuando nos vemos saturados de malas noticias y el mundo parece pesar demasiado. No solo porque sean cuentos de hadas con final feliz, sino porque nos dicen: sí, el mundo es así (cruel e injusto), pero no debería y, esta vez, no lo será.

Luenga Sombra

JUSTICIA ANTES QUE (DESCANSAR EN) PAZ

En Luenga Sombra, se pone el foco en la moralidad de la muerte y de la aceptación de su inevitabilidad. Todo el mundo muere, es cierto, pero es válido sentir rabia cuando esta llega demasiado pronto o en circunstancias injustas. No hay que rendirse sin luchar, ni asumir como ley de vida situaciones que podrían evitarse. El mundo es, en gran medida, lo que hacemos de él y conformarse por defecto no tiene nada de virtuoso. Este mensaje cobra particular sentido con los personajes LGTBI. En la nota de la autora, Atwater nos habla del código Hays y de cómo durante décadas en el cine estadounidense los personajes queer podían existir solo si recibían su merecido castigo y morían al final. Luenga Sombra es todo un alegato contra este proceder, convertido ya en tópico de tan repetido.

No obstante, el carácter meta de esta idea provoca que la chispa reivindicativa tenga menos fuerza. La muerte es un tema demasiado amplio y un adversario tremendamente difuso al que confrontar. Por ende, las observaciones sociales son menos afiladas y más genéricas. Hay crítica al clasismo, ejemplificado especialmente en el personaje de Lucy (una de las chicas asesinadas), acostumbrada a mirar a los demás por encima del hombro y a salirse siempre con la suya, convencida de que no es más que lo que le corresponde por derecho. Sin embargo, es una crítica manida y bastante secundaria además, tanto como el contexto histórico al que pertenece. Si bien la autora se ha informado sobre el periodo, hay pocos momentos en que este trabajo de documentación tenga oportunidad de brillar.

A cambio, Luenga Sombra muestra nuevos rincones a explorar del mundo de las hadas y aprovecha para hacer hincapié en el poder de la imaginación y la dificultad de siquiera fantasear con un futuro mejor cuando se ha pasado realmente mal. También nos permite ponernos al día con los entrañables personajes de las novelas anteriores, como son entre otros Dora, Elias o el hermano fantasma de Abigail, Hugh, a los que es un placer volver a ver. Las partes centradas en esta familia tan poco convencional han sido de mis favoritas.

El último tramo se lee en un suspiro y depara un final triunfal, tierno y tan insólito como las mismas hadas. Aunque en Luenga Sombra no todo son aciertos, es un cierre más que adecuado para la trilogía. Y como, a estas alturas, yo digo sí a todos los cuentos que Olivia Atwater tenga a bien contarnos, cruzo los dedos para que Duermevela nos traiga The Witchwood Knot, y veamos qué nos aguarda en la época victoriana de este universo.


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