¿Pueden los muertos volver de la tumba para alimentarse de los vivos? ¿Por qué mantienen los cadáveres su frescura tras décadas inhumados? ¿Existen los vampiros? ¿Son estos enviados del mismo Satán? Estas preguntas atormentaban a la sociedad del siglo XVIII, asediada por las guerras y la enfermedad. Entre los cementerios llenos, la superstición campaba a sus anchas y decenas de historias terribles llenaban los periódicos. Con el fin de desterrar tales creencias, autores como Michael Ranft elaboraron minuciosos tratados acerca de estos supuestos necrófagos.
