Reseña: La simiente de la Esquirla, de Rodolfo Martínez

by Laura S. Maquilon
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Portada de La simiente de la Esquirla, ilustrada por PREZTítulo: La simiente de la Esquirla (El Hueco al final del mundo I)
Autor: Rodolfo Martínez
Editorial: Sportula
Año de Edición: 2020
Extensión:  466 páginas
Encuadernación:  Rústica con solapas
PVP: 22€  (papel) /  4,49€ (ebook)


Hay novelas que, cuando las empiezas, sabes que se quedarán contigo. A veces es por la frase inicial, incluso por la dedicatoria, mientras que otras necesitan unas cuantas páginas para engancharte, pero lo que es seguro es que antes de acabar el primer capítulo te habrán atrapado sin remedio. Eso es lo que me ocurrió con La simiente de la Esquirla, la primera parte de la tetralogía El hueco al final del mundo, la última publicación de Rodolfo Martínez. Con solo las primeras pinceladas que dibuja en el prólogo ya estás dentro de Duniya, aunque no sepas muy bien qué es ni lo que está ocurriendo.

La acción comienza en un momento crucial en la Historia, el momento de la Expansión de la Esquirla. Las consecuencias serán catastróficas en algunas zonas, requerirán sacrificios de unos y otros encontrarán el modo de aprovechar la situación para hacerse con el poder. Es esta una novela de enfrentarse a cambios, de luchas de poder, de tecnologías tan avanzadas que podrían parecer magia. Ahí es donde entra la Esquirla de materia exótica, un elemento de gran relevancia del que descubriremos su naturaleza poco a poco, el papel que jugó en el pasado y el que jugará su simiente en el futuro.

Todo tiene que ver con la Esquirla. Duniya entera va a tener mucho que ver con la Esquirla a partir de ahora. No va a poder evitarlo. —Se detuvo de pronto con gesto de estar buscando un pensamiento esquivo—. No. Es otra cosa. Es menor. Es más importante. Es… No sé qué es, pero el mundo ya no tiene el mismo tamaño. Ha crecido. […] Ha crecido para albergar algo que antes no estaba en él. Algo minúsculo, pero esencial.

El prólogo nos plantea las primeras consecuencias de la Expansión en cuatro escenarios diferentes que serán clave en el desarrollo de la saga, aunque en esta primera novela solo asistiremos a dos de ellos. El primero es Elantegnek, un archipiélago cuyas islas están unidas entre sí por magníficas obras de ingeniería y que una vez estuvo también unido al continente. Sin embargo, esa conexión se rompió hace tiempo, nadie sabe muy bien por qué, ni se quiso averiguar. Los tegnekares se quedaron en su archipiélago y, principalmente, en su capital, Volkenskap, y apenas avanzaron ni tecnológica ni socialmente en casi ochocientos años.

El único cambio considerable durante ese tiempo fue la llegada intermitente pero constante de seres diabólicos que devoraban todo a su paso mientras se autoconsumían. Aquel suceso se leyó como un castigo divino y se establecieron sacrificios obligatorios. Hasta la llegada del Hereje, un personaje sin rostro que elimina a esos seres, los verjóngers, antes de que puedan matar a nadie, por lo que será perseguido por el Cuerpo Inquisitorial de la ciudad. Este será nuestro protagonista, Kláiner Guéstadt, un joven muchacho prácticamente criado por una inteligencia artificial avanzadísima que le proporcionará los conocimientos y herramientas necesarios para combatir a los verjóngers y cumplir su venganza.

Ilustraciones interiores de La simiente de la Esquirla, por Luc Cerverón

Ilustraciones interiores de Luc Cerverón

Ese será su día a día durante años, hasta que una noche, junto a un grupo de verjóngers, aparece también una joven, Ibyra. Ha llegado hasta allí huyendo de su hogar, pero sus perseguidores no se darán por vencidos. Por otra parte, la jefa de gobierno de la ciudad, Dérika, intenta hacerse con el poder absoluto y una de las piezas que necesita para lograr su objetivo es descubrir al Hereje. No obstante, Cegé, la inteligencia artificial que lo protege, tiene otros planes.

Todo este planteamiento tiene lugar en unos pocos capítulos. Comienza entonces un tira y afloja entre las diversas facciones, incluyendo personajes de manera paulatina, hasta estar enredados en algo mucho mayor de lo que pensaban. Martínez aporta los detalles justos para enriquecer el texto y la experiencia del lector (y para comprender mejor el mundo en el que estamos) pero sin que el ritmo se resienta. Es ágil en los momentos de acción y tensión y más relajado en los interludios, pero siempre aporta información nueva o cambian las decisiones de los personajes y, con ello, su situación.

—Hola —consigue decir—. ¿Quién eres?
—Soy CG-1138-MDI. Estoy a tu servicio.
Ha recitado todo eso en un tono indiferente, como si se estuviera limitando a leerlo en algún sitio.
—No te veo. ¿Dónde estás?
—Claro que me ves. Estoy aquí, a tu alrededor.
La voz suena repentinamente divertida, como si le acabara de contar un chiste. Si es así, no lo pilla.
—¿Dónde?
—En todas partes.

Precisamente, son los personajes los que llevan la batuta. El autor ha sabido equilibrar la balanza entre la inteligencia y el humor de Cegé, la torpeza y la empatía de Kláiner, la chispa y la sutileza de Ibyra y la mezquindad y la paranoia de Dérika para que ninguna personalidad fagocite a otra. Todos tienen su espacio, su momento para desarrollarse de forma independiente y su manera de empatizar con el lector. No es para menos, pues nos queda un largo camino con ellos.

Tal elenco de personajes, de objetivos y procedencias permite al autor desplegar una serie de temas muy interesantes en La simiente de la Esquirla. Dilemas teológicos, la confrontación de creencias y hechos, el peligro de la acumulación de poder, las consecuencias de la guerra, los prejuicios. Temas que invitan a la reflexión y que en la mayoría de los casos se dejan caer sin más para que sea el lector quien los recoja y opine desde su experiencia.

Rodolfo Martínez. Foto: Lau Cleo.

Lamentablemente, no he leído más de la obra de Rodolfo Martínez para hablar con seguridad de influencias, si bien en la web de la novela podéis encontrar algunas de ellas. No obstante, como reconocido tolkiniano, es innegable la inspiración. Si bien no encontraréis la clásica confrontación Bien/Mal, sí se podrían establecer ciertas similitudes. En primer lugar, la creación de lenguas y alfabetos. En segundo lugar, el viaje desde el oeste al este. La Esquirla y su procedencia están envueltas por un aura mística que recuerda al Anillo Único, aunque falta mucho por conocer al respecto como para establecer una relación clara. También hay muchas escenas con estética de anime, sobre todo los enfrentamientos de Kláiner, cuya historia se asemeja a la de cierto Caballero Oscuro. De hecho, hay un fragmento con varias referencias que os invito a descifrar.

Hay muchas preguntas que se generan durante esta primera entrega. Algunas se solventan en ella, otras espero que se solventen en las siguientes tres, y sospecho que habrá algunas que se queden en el aire. Duniya es un mundo muy rico, extenso y complejo como para que podamos conocerlo por entero, pero no por ello es menos intrigante.

Los hilos se enredan, aparecen más facciones en juego de las que ni siquiera conocemos sus intenciones y el final te deja con ganas de seguir leyendo. La siguiente parte promete ser más compleja, con mayores dificultades para los personajes y nuevos lugares por descubrir. Martínez nos guiará por Duniya con un estilo rico y un tono ameno que sabe ser serio y también ácido. Creo que muchos tipos de lector disfrutarán enormemente con La simiente de la Esquirla y con el resto de El hueco al final del mundo. Si la saga cumple las expectativas que ha plantado esta primera novela, podría ser de lo mejor que ha dejado el género español con una historia de estas características. El tiempo y los lectores lo dirán.

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