Título: Jerusalén
Autor: Alan Moore
Editorial: Minotauro
Año de edición: 2019
Extensión: 1704 páginas
Encuadernación: Tres tomos de rústica con solapa en un estuche de cartoné.
Precio: 60 €
Es difícil hablar de Alan Moore y de su obra, y aún lo es más hacerlo de Jerusalén, una novela fraguada durante toda una vida. Una vida entre palabras y viñetas, como bien evidencia la larga lista de cómics guionizados por él. Watchmen —de cuya secuela televisiva ya hablamos aquí—, From Hell, V de Vendetta, Promethea, Batman: La Broma Asesina, Top Ten, La Cosa del Pantano…
El brujo de Northampton se embarcó así, con una sola novela publicada pero numerosos cómics a sus espaldas, en la escritura de su opera magna. Un proceso de escritura que se prolongaría durante toda una década y que culminaría con más de mil páginas, multitud de personajes y tramas interconectadas. Una obra con un componente tanto físico como espiritual, ambientada en diferentes épocas pero en un mismo kilómetro cuadrado, aquel que limita el barrio de los Boroughs, en la ciudad de Northampton. Su ciudad natal. Un espacio suficiente cuando la historia se extiende entre ramas familiares, puentes interdimensionales y pasado, presente y futuro. Cuando las barreras del espacio, el tiempo y la muerte caen, Jerusalén se alza.
JERUSALÉN, DE ALAN MOORE
Es esta una novela mastodóntica más por su contenido que por su volumen, algo no tan frecuente como la literatura merece. Prueba de ello son el estilo, la historia y los temas que trata la misma. El estilo, elaborado hasta el extremo, varía en función del personaje, la idea a transmitir o el autor que Moore pretenda imitar. Tanto que la novela no mantiene a lo largo de todo su curso el mismo tiempo verbal ni el mismo narrador equisciente. Podemos así encontrarnos con un capítulo narrado en sextetos, en forma de obra teatral o con frases inconexas y fallos ortográficos.
La chispeante música de cada palabra del ángel, con sus trémulas frondas armónicas y sus arabescos en desintegración, estaba diseñada para que los sonidos se subdividieran sin cesar en copias sucesivamente menores de sí mismos, justo al igual que una rama es en sí misma un árbol en miniatura y cada vástago, una reproducción a escala de sus ramas. Como un río fragmentado en arroyos y luego en riachuelos sobre su delta, cada sílaba se filtraba a través de un millar de fisuras y capilares en las entrañas de Ern, en el mismo tejido que le daba la forma, y todo sus significados lo saturaban de tal manera que ni el más mínimo matiz podía malentenderse, malinterpretarse o perderse.
De igual modo, la propia historia, el simbolismo intrínseco en ella, la estructura y la relación de las diferentes tramas son suficientes, obviando la singularidad de la narración, para catalogar a la obra de original y única. Cómo caracteriza y construye cada personaje, cómo los conecta a través del espacio-tiempo y de los árboles genealógicos y cómo muestra su pasado unido al de los Boroughs es una prueba más de la envergadura de la que hablamos. Todo con precisión milimétrica. Lo que comienza con el extraño sueño que Alma Warren tuvo a los cinco años continúa con la charla entre ella y su hermano Mike rayando la cincuentena. Y esa charla deriva en la historia de su familia, del barrio de los Boroughs, de Northampton y de Inglaterra. La historia entre la eterna e inevitable lucha entre el bien y el mal, siempre condenados a enfrentarse.
UN RETO PARA EL LECTOR
Una historia que obliga al lector a estar atento, a relacionar y ordenar sucesos mientras trata de leer más allá de las propias palabras. Porque, tras todos esos saltos temporales y espaciales, cuestiones como la vida más allá de la muerte, el eco de la eternidad y el determinismo y el libre albedrío hacen más que abrirse paso. Alan Moore los explora a través de los hechos y los muestra con ese estilo tan cuidado, diferente y apropiado para cada momento, experimentando cuando las reglas del lenguaje lo limitan.

Alan Moore
«Refutar la existencia de la muerte» era uno de sus cometidos, como dijo en la entrevista con Helen Lewis (traducida al castellano en el siguiente enlace). Porque el simbolismo esotérico y ocultista, los pasajes místicos y oníricos, se entremezclan con la filosofía, la física cuántica y la geometría.
Tal complejidad en forma y contenido es la culpable de la demora en la traducción al castellano por José Torralba. Que ha sido un auténtico reto no duda en confesarlo él mismo.
Hay algo familiar en sus rasgos demacrados, y se le ocurre que él es Harry Marriot, el vecino. Parece mucho más viejo de lo que solía ser, pero ha pasado mucho tiempo desde su última reunión. Snowy levanta la mano en la que sostiene el medallón y asiente al otro hombre, vagamente tranquilizado cuando el gesto es recíproco de inmediato. Está feliz de que al menos Harry esté feliz de verlo. Mirando la casa del vecino, curiosamente amueblada de manera similar a la suya, nota la presencia de otra ventana en la pared posterior. La ventana da a otra cosa en Green Street, donde vive otro anciano (quizás Stand Warner), que mira hacia el otro lado con la mano levantada para saludar al vecino desde su ventana, probablemente a Arthur Lovett, que vive un poco más lejos. Al volverse para mirar detrás de él, Snowy nota la abertura en la parte inferior de la pared de la habitación que reproduce una procesión similar de veteranos de edad en salones de dimensiones progresivamente reducidas. Parece que se encuentra en una cola de antiguos esperando morir, todos saludándose cordialmente, sus respectivos espacios domésticos reconfigurados en una sola galería.
También es un reto enfrentarse a las más de mil páginas de Jerusalén como mero lector. Se trata de una obra que requiere paciencia, que invita a disfrutarse con calma. Como toda tarea ardua, puede resultar frustrante si no se aborda con la filosofía adecuada, y, desde Windumanoth, recomendamos una lectura atenta, pero relajada. Jerusalén es, sobre todo, un laberinto de historias y palabras en el que perderse puede resultar extraordinario.
Toda una crítica implícita y explícita al capitalismo, en significado y en resultado. Una llamada de atención en la era del consumo que invita a la reflexión y a la extrema atención, lejos de las baterías de estímulos a las que estamos acostumbrados. Por eso sentarse a leer Jerusalén requiere el momento idóneo del día. No vale cualquier rato para dejarse llevar por párrafos interminables. Y menos aún desentrañar el significado de la obra.
Más difícil es, eso sí, encontrar todas las referencias históricas y culturales. José Torralba indica algunas de ellas, además de clarificar algún concepto, en las notas de traducción de pie de página. Aun así, cuanto más cercano sea el lector a la cultura anglosajona y, más en concreto, a la ciudad de Northampton, más disfrutará.
El diablo era incapaz de recordar la última vez que se había reído tanto. Se estaba riendo a lo grande, y lo de «grande» iba aquí en su sentido más grandioso: grande como una guerra, como un tiburón blanco o como la Muralla China. O, por el amor de los condenados, aquello no tenía precio.
Todo había empezado allí mismo, con él apoyado en un balcón surgido de algún viejo sueño mientras fumaba de su pipa favorita. La había modelado a partir del alma de un diabolista francés del siglo XVIII, un espíritu especiado y sazonado con la locura. Le gustaba pensar que aquella pipa le confería a su mejor tabaco un regusto a París, a relaciones sexuales y asesinato, a matices que estaban entre la carne y el regaliz.
A pesar de ser una lectura compleja, merece la pena embarcarse en ella. No dejará indiferente a nadie, para bien o para mal. Puede seducir o puede frustrar, todo depende si sabemos a qué atenernos cada vez que nos zambullamos en uno de sus magistrales capítulos. Porque Jerusalén es algo más que un soplo de aire fresco para la literatura del siglo XXI. Es la obra maestra de un escritor de obras maestras. Una ramificación de tramas entrelazadas a través del tiempo y el espacio con un origen en común que satisfará a quien se atreva a descubrirlo.
4 comments
Buenas tardes, os escribo porque he visto que en vuestra reseña no habéis hecho referencia a los problemas de traducción que hay a partir del capítulo titulado «Los árboles no necesitan saberlo» sito en el segundo tomo (de tres). A partir de dicho capítulo y en adelante, la traducción en muchas partes (demasiadas) parece sacada del «traductor de Google». No he sido el único en haber tenido este problema con la lectura, sino que ya por las redes sociales otros lectores han puesto este asunto sobre la mesa. De hecho nos hemos puesto en contacto con Planeta para que se resuelva esta cuestión. Saludos.
Buenas noches, Asensio. Es cierto que aumentan las erratas a partir del segundo volumen y se hacen aún más evidentes a partir del tercero. Lo mismo sucede con algunas expresiones e incoherencias que, como bien dices, apuntan a una mala traducción. No obstante, prefiero no comentar ni afirmar esto en una reseña si no he leído la obra en su idioma original. En Twitter ya dije a un usuario lo que opinaba sobre la versión en castellano. Puedes verlo aquí. No puedo explayarme mucho más porque la traducción es un campo que se me escapa. Espero, pese a todo, que hayas podido disfrutar de esta gran novela y de su historia. Un saludo.
La editorial ha reconocido que la primera edición de esta obra era defectuosa y está procediendo al cambio gratuitamente. Tan solo hay que escribir un correo a infominotauro@planeta.es y ellos os darán más detalles.
Gracias por la información.