Título de la obra: Cándidas bestias
Autora: Javier Sachez
Editorial: Octubre Negro
Año de edición: 2025
Extensión: 268 páginas
Encuadernación: Rústica con solapas
PVP: 19,50€ (papel)
No es esta la primera (ni será la última) obra de Javier Sachez que tengo el placer de leer y con la que puedo trabajar; y es un honor. En su día, Hija vieja (Valhalla Ediciones) me permitió descubrir la colorida y «mágica» prosa de este laureado escritor extremeño que, tal cual él argumentó, se adhería al terror pretendiendo abordar (sin descuidar nuestras leyendas y folclore) los siglos y siglos de violencia que, en sus carnes y en sus almas, habían padecido todas las Hijas de Eva (que no de María), desafiantes y laboriosas, que lucharon contra un sistema que recluye y castra (y mata) a la mujer-tierra que de plantas sabe; a la mujer que con ellas cura porque conoce de olores y de ruidos y de «toques» que la naturaleza guarda; a la mujer que, por herencia ancestral de diosa, le fue otorgado el poder de ayudar en la vida (en traerla y en llevarla para un mejor existir) y en la muerte de la comunidad que, en torno a su misterioso don, se urdía.
Pues bien, Cándidas bestias, novela finalista de los Premios Sed de Mal V Edición, retoma «el camino de la cerca» que hasta Vultimaco arría para sumergirnos nuevamente, como espectadores privilegiados, en la delicadeza de una obra que emite una melodía triste, de atmósfera miserable y espantada: la de una realidad que es sucia y mala y grotesca, y más terrible aún que cualquier personaje o criatura sobrehumana que se paseé por nuestras tierras del miedo.
SINOPSIS
Nadie conoce al responsable de aquellos ataques a niñas de una aldea de montaña. No las mata. Solo les arranca una pieza dental. La cercanía del bosque sugiere la presencia de un animal salvaje. Las ancianas piensan en un ser fantástico y ancestral: el Machu Lanú.
Cualquiera sospecha de su vecino o de un hombre adinerado, dueño de medio pueblo. Su hija, venida de la ciudad, debe solucionar la incógnita antes de la visita programada del Rey Alfonso XIII.
Ella se sumergirá en una tierra ajena donde habitan seres crueles, inocentes, asilvestrados, cercanos o irreales.
Cada casa es un mundo. Cada barrio es un universo. Cada individuo es un interrogante.
Dudas y certezas se enredan como el ramaje de las higueras muertas.

Javier Sachez
CÁNDIDAS BESTIAS: EL RETORNO A LA TIERRA DE COSTUMBRES
Cándidas bestias se arranca con una breve, aunque bellísima introducción al paisaje de Cártulo, aldea engastada en la falda de la sierra extremeña; una villa pareada en torno a un río y organizada en base a un tridente estamental: los ricos y poderosos en lo alto (plaza Alta), la clase media en el medio (barrio de la Arcilla) y… y abajo (barrio Bajo), tras el cauce retorcido de la figura del agua, la clase baja que gime entre miseria y moscas. Al abrigo de esta presentación, lo sobrenatural hurdano bala en cinco de las seis partes que subdividen el texto, orgánico y poderoso, impostado bajo la anomalía de lo mistérico-monstruoso que trufa el argumento de un thriller detectivesco que, al menos para mí, no lo fue.
Y diré tal cosa porque en algo conozco a su autor, artífice de los actos humanos y sobrehumanos que desarrollarán el «teatro costumbrista de Cártulo»: personajes que se presentan bajo el halo del recelo, pues todos ocultan miserias, todos las guardan, todos las callan en un estremecer (mayor o menor) de vida; inclusive su protagonista, Amparo (guiño al nombre al respecto de su significado, pues cual un escudo acogerá la verdad, por más terrible que ésta sea), niña-bien que, un poco por distracción, y otro poco por salvaguardar el honor de su padre, se embarca en una «aventura de verano» que mutará su sentir por completo: la desgracia ya no se lee ni se interpreta por el bies de la distancia, sino que se carnifica y se hace audible y sudorífera y hedionda en su contrapunto, el personaje de Eladia. Porque Eladia es un aria de dolor que encarna lo femenino injuriado; ella es lo grotesco, la huella de la carne quebrantada por los golpes que trae el malvivir por carecer de todo. Y dada su indignidad vital se vuelve un monstruo; uno que, sin ocultar la delicadeza de sentimientos, cabalga sobre dos piernas por la aldea destrozando las boquitas de las niñas que han de reavivar el hálito de su chiquirritino amado que, entre hielos, se mantiene (magistral anagnórisis).
AL RESPECTO DEL ESTILO
Cándidas bestias no defrauda… No defrauda el autor cuando urde un «naturalismo romántico» sustentándose en el lirismo de una prosa que, pese a lo amargo de la realidad narrada, nos concede la tregua de la belleza con las descripciones del paisaje hurdano (montañas y cuevas y piedras, y bosques y aguas y valles): un horizonte vivo que transpira el patetismo social del hombre que nace, está y se muere en el silencio de una naturaleza implacable.

CÁNDIDAS BESTIAS: CONCLUSIONES
Finalizaré mi exposición recomendando encarecidamente la lectura de este libro que en sus hojas trae revuelo a Delibes, a Pardo Bazán, a Blasco Ibáñez, a Fernández Flórez o a Pérez Galdós en La desheredada…; en definitiva, a todos aquellos escritores nacionales que se mecían entre las aguas de un realismo apasionado, de un costumbrismo determinista, de un naturalismo divergente o, tal cual diría Clarín, de «un oportunismo literario», pues entre todos ellos (y de ello) luce un vínculo. Y en esta obra, al igual que ocurrió en Hija vieja, el vínculo lo sellan las mujeres (Amparo, Carmen, la Maga, Eladia…, inclusive las niñas) con su sofismo terroso e intuitivo, con su amarre mágico a la naturaleza, con su dolor de ánima de madre y su angustia de cuerpo apisonado por una masculinidad social mal entendida.
Al final, Cártulo resulta ser la apología de un pueblo español (como tantos otros) detenido en sus sombras, reflejado en su río, acunado en el halda de una gleba ceniza que todo lo sabe; un «pueblo viejo» que precisa de luz para revivir a sus monstruos. Y los monstruos, tal cual gusta de mostrarnos su autor, son hijos sustanciales de los miedos, prejuicios y carencias que, en la mente y en el alma, acunamos todos los llamados (en su generalidad) hombres. ¡Bravo, Javier! Bravo.
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