Título de la obra: El retrato
Autora: Margaret Oliphant
Traducción: Loredana Volpe
Editorial: Aristas Martínez
Año de edición: 2026
Extensión: 112 páginas
Encuadernación: Rústica
PVP: 13,50 € (papel)
Desde épocas remotas ha existido la creencia de que aquellos que abandonan el plano terrenal encuentran medios para comunicarse con los vivos, salvando las fronteras entre mundos, con el firme propósito de transmitir esos mensajes que quedaron anclados en el olvido. Pues la muerte no es el final definitivo; es el inicio de una nueva forma de existir. Y nadie, ni siquiera Philip, armado con su fría lógica, es capaz de combatir la influencia que ejerce sobre él la figura del retrato que domina el salón de la casa familiar.
Sea por el enigma que entraña su historia, por la emoción oculta tras su fija mirada, o por su hermosa quietud, Philip cae presa de la inocente criatura que lo observa impasible desde su lugar de honor, doblegándose a su voluntad hasta forjar un vínculo que le arrebata el dominio de sí mismo. Una comunión que va más allá del tiempo y el espacio.

Retrato de Margaret Oliphant en 1881, por Frederick Augustus Sandys
En este relato de apenas 107 páginas, Margaret Oliphant desarrolla una historia gótica victoriana en su máxima expresión. Más allá de crear el ambiente y la atmósfera propicios para sugestionar al lector y predisponerlo a los extraños sucesos que ocurren en la casa, El retrato genera tensión al adentrarse en el interior del protagonista. Los pensamientos y emociones que la presencia despierta en él, la manera en la que su mente interpreta los hechos, son el verdadero hábitat de lo sobrenatural. El terror implícito en cada una de sus palabras y la ansiedad que poco a poco se va adueñando de su espíritu nacen de su conciencia. El miedo que aquí se explora no radica tanto en qué se está viviendo, sino en cómo se está viviendo, algo que la autora consigue plasmar a través de los sentidos, jugando con la inquietud ante lo desconocido y manteniendo al personaje principal en un estado de alerta constante que lo somete tanto física como psíquicamente a los embistes de la insistente presencia.
A partir de este análisis de la condición humana, la historia es también una fiel representación de la época victoriana, donde la dualidad imperaba en múltiples facetas de la vida. Por una parte, se nos presenta una sociedad asentada en el raciocinio, que busca la lógica de los acontecimientos y que es reticente a todo lo que provenga de las artes místicas. Aquello que no se puede demostrar con pruebas sólidas no merece atención, pues es fuente de locura. Pero, en contraposición, estamos ante individuos altamente susceptibles a lo paranormal, que terminan aceptando lo inexplicable y se convierten, por voluntad propia, en medios de comunicación con el más allá. Es este choque de corrientes, del cual Philip es víctima, el que afecta a los sentidos, altera la percepción y suscita los temores reflejados en El retrato: el pánico a alejarse de la realidad, a aceptar lo injustificable como cierto y perder la cordura.
Asimismo, la autora se sirve de la trama para criticar la desigualdad de clases al emplear como punto de partida del conflicto el abuso que recibía la clase obrera por parte de la clase alta. Este sentimiento de injusticia queda perfectamente reflejado en la reflexión de Philip:
Sin embargo, cuando volví la vista hacia la bulliciosa callejuela, las pequeñas y humildes casas, las mujeres en sus puertas, todas con la boca abierta y ansiosas por disputar mi favor, se me encogió el corazón al pensar que parte de nuestra riqueza —no importaba lo minúscula que fuera esa parte— provenía de su miseria; y que yo, joven y fuerte, vivía ocioso y en el lujo, de algún modo, gracias al dinero sacado de sus propias necesidades, obtenido a veces a costa del sacrificio de todo lo que apreciaban.
Así pues, pone de manifiesto la desesperación de un grupo cuyos recursos menguaban a medida que los ricos aumentaban sus arcas valiéndose de la explotación de los menos favorecidos.
Todos estos matices alimentan el carácter lúgubre de la historia, pero no son los únicos elementos que contribuyen a crear esa sensación perturbadora. También lo hacen el estilo y la elección de la voz narradora. La escritura de Margaret Oliphant en esta obra destaca por su riqueza léxica y su marcado estilo poético, plagado de metáforas y frases elaboradas escogidas con precisión. A ello se suma un tono pausado y melancólico, irónico en algunos casos, que nace del uso de la primera persona. Son la nostalgia, la apatía y la posterior ansiedad de Philip las que envuelven el clima en sombras. Esto hace que el libro sea una suerte de memorias muy fáciles de leer, cuya agilidad no está reñida con su gran belleza narrativa.

En definitiva, estamos ante un relato que ensalza todas las virtudes del terror gótico victoriano: delicado, sombrío y emocional. Un enfoque íntimo que habla sobre la forma en la que se interpreta la realidad y se adentra en los pensamientos del personaje principal para mostrarnos el poder de la mente y de las conexiones familiares que perduran más allá del velo.
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