Reseña: Hábito y mortaja

Por Alister Mairon
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Hábito y mortajaTítulo de la obra: Hábito y mortaja
Autor: Carlos di Urarte
Editorial: El Transbordador
Año de edición: 2026
Extensión: 472 páginas
Encuadernación: Rústica
PVP: 20€


Leo Vicar, prisionero en el penal de El Cabracho, cuenta su historia ante Afonso, escriba de la corte de Torreones. Narra con todo lujo de detalles las decisiones, pésimas en la mayoría de los casos, que lo arrastraron hasta esa hedionda celda. Hábito y mortaja es la continuación de esta crónica de hechos funestos que convirtieron a Leo en un enemigo del género humano. O, por lo menos, en un presidiario mucho más afín a las llamas del infierno que a sus semejantes.

Cuando, hace cosa de un año, vio la luz Salitre y cenizas, muchos lectores quedaron prendados del mundo que Carlos di Urarte había creado y que pudo ver la luz de la mano de El Transbordador. Leo Vicar, protagonista de esta historia, narraba al torturado Afonso su periplo vital y robaba así el corazón del público gracias a su testimonio cercano y descarnado. Entre humor negrísimo, se hilaba una narración capaz de embaucar y cautivar, como destacamos en la reseña de esta primera parte. La segunda entrega de la trilogía La Corona del Oráculo, retoma ese tono entre sombrío y jocoso para continuar con el periplo vital de Leo. Solo que en esta ocasión, los peligros que enfrenta lo alejan cada vez más de la naturaleza terrenal.

***ADVERTENCIA: A partir de este punto, la reseña contiene spoilers de parte de la trama de Salitre y cenizas***

EL CENOBIO DE LOS SECRETOS

La historia de Leo Vicar retoma en Hábito y mortaja los sucesos que tuvieron lugar en el cenobio de Sancta Perpetua y Sancta Felicidad tras la toma de contacto con Abraxas. Desde el penal de El Cabracho, el protagonista sigue compartiendo con Afonso los días posteriores al incendio del gallinero y cómo este suceso le condujo providencialmente a su destino: la biblioteca. Entre los libros custodiados en el convento, vigilados por la anciana Viborada, Leo empezará a descubrir más cosas sobre su naturaleza. En especial, acerca de su predisposición para atraer a lo sobrenatural.

Una predisposición que, a medida que avance la historia, veremos cómo lo llevó a cruzarse con no pocas historias olvidadas. Y con sus protagonistas. Pues si bien el cenobio en la primera entrega se asemejaba a una aburrida prisión para hábitos y rezos, en esta segunda parte revela su cara oculta. Una bastante siniestra que esconde más de lo que parece. Conducido por su talante explorador, o más bien por la presuntuosa imprudencia de su edad, el joven Vicar empezará a indagar en el pasado de ese lugar recóndito. Y sus descubrimientos acabarán por arrojar tanto luz como tinieblas en su devenir.

Sin duda, Carlos di Urarte ha volcado sobre el cenobio esa sed de rol de la que habla en su biografía. Conforme avanza la trama de Hábito y mortaja, el autor convierte ese lugar de reclusión en un paraíso rolero lleno de misiones secundarias y escenarios a explorar. Pero cada paso persigue un objetivo. Y como ya demostrara en Salitre y cenizas, di Urarte no da puntada sin hilo, de modo que cada encuentro de Leo no es fortuito ni accesorio. Poco a poco, aconsejado por unos impulsos que le vuelven temerario, Leo conocerá no pocos detalles que dan respuesta a algunos de los misterios que atormentaban a los lectores desde la pasada entrega. Si bien no será el único en sentirse atraído por ese cenobio de los secretos. Aunque de ello hablaremos un poco más adelante.

Carlos di Urarte

MÁS MAGIA, MÁS INFIERNO, MÁS SUFRIMIENTO

Como ya adelantara su autor, la falta de magia de Salitre y cenizas queda compensada, y por mucho, en Hábito y mortaja. Si la primera parte de esta trilogía apiló las piedras para hacer de Leo un brujo potencial, en esta segunda parte explora desde los primeros capítulos su potencial mágico. Para regocijo de quienes echaban de menos un peso mayor del componente fantástico. Y también de los que aman un worldbuilding al que hincarle el diente. En esta novela, cada página es un embrujo. Y no es solo por la narrativa absorbente.

De la mano de Leo, descubrimos que el suyo es un mundo donde no solo la hechicería es posible, sino que la hay para todos los gustos. Existe la brujería de Cerystis, en la que Limnorea iniciase a su pupilo, pero esta es sola una de muchas corrientes mágicas al alcance del practicante. Hay muchos demonios en el infierno sedientos de almas que pacten con ellos o les liberen recitando su nombre. También hay entidades sacras capaces de obrar prodigios; a menudo, con unas cuestionables motivaciones. Pero es que lo mágico en el mundo creado por di Urarte lo abarca todo. Inclusive a la Ordo Corvi, los inquisidores, que pagan precios elevados para implorar el favor de sanctos y sanctas.

Porque sí, no toda hechicería es obra de brujas ni monstruos arcanos. La fe del Cristo Ahogado cuenta con sus propios hechiceros. Y no todos ellos han de ser hombres santos bendecidos por el Hijo de Dios. Como podrá descubrir Leo, las mujeres también tienen algo que decir en cuanto a la práctica de los misterios mágicos. No en vano, por algo se llama a las seguidoras de Mariam Hermanas de la Siniestra, ¿no?

Podría considerarse a esta segunda entrega una ampliación del universo creado por el autor y sus sinergias. Una exploración del delicado equilibrio entre poderes que existe en el mundo de La Corona del Oráculo. E incluso, a juzgar por ciertas escenas, la novela funciona como un catálogo de los horrores que andan la tierra ideada por Carlos di Urarte. En cualquier caso, quienes quedaron sedientos de componente fabuloso quedarán más que satisfechos con Hábito y mortaja y los terrores mágicos que sus páginas albergan. 

HÁBITO Y MORTAJA: UNA OBRA MÁS CORAL

Antes apuntábamos que no solo Leo se sentirá atraído por los secretos ocultos. Y es que, aunque a ratos lo olvidemos absortos en la narración sarcástica de Vicar, los hechos que comparte con nosotros sucedieron en el pasado. Estamos siendo testigos de una crónica narrada desde el penal de El Cabracho. Y, en Hábito y mortaja, la realidad carcelaria reclama un hueco mayor en la narración. Con el consiguiente relevo de voces destacables.

Si bien la narración de Vicar sigue siendo el centro de la novela, su testimonio empieza a compartir protagonismo con las voces de Afonso, el jovita que redacta su crónica y el inquisidor Theron Leal, de la Ordo Corvis. Un relevo en la historia que cobra especial protagonismo a partir de la segunda mitad de la historia. No en vano, conforme avanzamos en la crónica de Leo, más nos acercamos al suceso que lo llevó a dar con sus huesos en la cárcel.

Gracias al testimonio de Afonso podemos ver qué es lo que sucede en el penal, pues la presencia de Leo no es inocua. Como apuntábamos hace unos párrafos, su naturaleza atrae a toda suerte de entidades de mejores o peores intenciones. Y su larga estancia entre barrotes convierte al penal en una suerte de faro para lo sobrenatural. Por su parte, el taciturno Theron Leal está obcecado en descubrir los secretos de Leo. Pero no por medio del arte de la tortura, sino mediante una investigación sobre el terreno y entre los archivos. El inquisidor de ojos velados sospecha y recela de las intenciones de Vicar y es gracias a sus pesquisas que podemos adentrarnos en escenarios nuevos. Por ejemplo, conocer el reverso masculino de la fe del Cristo Ahogado. Y sus muchas, muchísimas sombras.

Hábito y mortaja

NUEVAMENTE, EL EQUILIBRIO

La combinación entre escenas de elevada crueldad y testimonios sensiblemente humanos mantiene enganchado a lo largo de las casi quinientas páginas de novela. Y esta es una de las virtudes de la obra de Carlos di Urarte que a menudo se pasa por alto, opacada por la etiqueta «grimdark». Pues si bien su obra se encuadra en dicho subgénero, es digno de mención el modo en que el autor ha decidido presentar la brutalidad de su universo. Porque violencia la hay. A raudales y perpetrada desde múltiples ángulos y motivaciones. Tanto es así que es casi imposible no sentir una punzada de reconocimiento de dichas dinámicas en algún punto de la narración.

Y, sin embargo, pese a que las dosis de crueldad no se maquillan, estas tampoco son recreativas. Al contrario: exponen de manera quirúrgica la naturaleza de quienes las perpetran y la situación de aquellos que las sufren. Pero no hay elogio a la brutalidad ni tampoco premio por dejarse llevar por esas dinámicas. De hecho, lo que hace memorable a Leo Vicar y su crónica es que, pese a los males obrados, sigue siendo humano. Su testimonio, más allá de la irreverencia y el sarcasmo, habla desde la empatía, el dolor y la culpa. Aunque no siempre lleve aparejado el arrepentimiento, demasiado cristiano para Vicar y su moral.

Leo ha sufrido, se ha equivocado y ha causado el mal. Se reconoce responsable de ello y no se congratula por la decisión tomada. Del mismo modo, es capaz de leer las motivaciones de quienes se cruzaron en su camino y exponerlas. No juzgarlas; ni mucho menos justificarlas. Entenderlas aún no compartiéndolas. Y eso hace más comprensibles sus decisiones al respecto y deja en manos de Afonso y los lectores juzgar si merecen comprensión o condena.

En cualquier caso, muchos de los temas expuestos en esta historia van más allá de la crueldad descarnada propia del grimdark. La cual cosa la convierte, en cierta medida, en una rareza dentro del género y también en la prueba de que, contrariamente a lo que se pudiera pensar, los sombríos mundos de la fantasía oscura también pueden ser escenario para tratar temas de gran sensibilidad humana.

HÁBITO Y MORTAJA: CONCLUSIONES

Una vez más, Carlos di Urarte se nos lleva de paseo en Hábito y mortaja por un mundo ucrónico y retorcido. Una sombra distorsionada del nuestro donde la magia es posible, los demonios andan la tierra y hasta los hombres santos practican la magia. Eso, sumado al hábil modo en que di Urarte adelanta sucesos y nos impele a seguir leyendo para alcanzar esa prometedora situación, hacen de esta una obra gruesa y ligera al tiempo. Quienes disfrutaran de Salitre y cenizas, podrán al fin saciar su sed con las andanzas de Leo Vicar. Y quienes lleguen de nuevo a la prosa del autor, pueden regocijarse en su fortuna. Al menos cuentan con dos novelas que les harán la espera de la tercera y última parte de La Corona del Oráculo algo más llevadera.

Al resto, solo nos queda aguardar. O tratar de invocar a Paristófeles a ver si nos regala algún secreto entre exabruptos. Aunque como cualquier persona sensata sabe, tratar con demonios condena el alma y puede hacerla incluso arder.


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