Reseña: La estrella cae, la tierra llora

Por Alister Mairon
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La estrella cae la tierra lloraTítulo de la obra: La estrella cae, la tierra llora
Autor: Alfredo Álamo
Editorial: La Magnífica Editorial
Año de edición: 2026
Extensión: 247 páginas
Encuadernación: Tapa blanda
PVP: 18,00€


Los turistas deambulan desde hace años por el barrio del Cabanyal de Valencia. Gentes venidas de los fríos países del norte de Europa que pisan calles y fotografían fachadas de azulejos y puertas de madera. Pero fuera del alcance de sus limitados ojos hay todo un mundo oculto. Un lugar de siniestros callejones, antiguos dioses, promesas y pactos. Una realidad íntima y perversa de memorias perdidas y sentimiento de pertenencia.  Bienvenidos seáis a los dominios de la Vieja Sangre y a las historias recuperadas que Alfredo Álamo desgrana en La estrella cae, la tierra llora (La Magnífica).

LA FINA BARRERA ENTRE LO IMAGINADO Y LO REAL EN LA ESTRELLA CAE, LA TIERRA LLORA

Dicen que para crear un mundo fantástico, de esos repletos de deidades reptantes y adeptos terribles, hace falta inventárselo de cero. Que la realidad no tiene espacio para semejante galería de los horrores. Que, aún con sus sombras, nuestro mundo no tiene lugar para tales aberraciones. Alfredo Álamo, sin embargo, no cree en tales afirmaciones. O al menos, sabe de un rincón del mundo donde los viejos dioses se pasean libremente, sellando tratos con quienes buscan sus favores a cambio de precios elevados.

Ese lugar existe en el Cabanyal de Valencia, un barrio pesquero que antaño habitaban las familias de marinos y pescadores y que ahora es engullido por el nuevo urbanismo y los turistas. Solo que el barrio del que nos habla el autor no es visible a simple vista. Los forasteros, a quienes llaman piesdepiedra, solo verán callejones sucios, yonkis y niños desharrapados que corretean por plazas plagadas de ratas. Pero los vecinos del Cabanyal, los de linaje antiguo, pueden ver más allá de este burdo maquillaje. Y al otro lado de esa apariencia degradada, existe todo un reino de intrincadas jerarquías, favores y tratos. Un universo donde la magia es posible si estás dispuesto a pagar el precio. Una realidad donde, al margen de su apariencia para el mundo, los verdaderos señores son los herederos de la Vieja Sangre.

Alfredo Álamo

A lo largo de los diez relatos que componen La estrella cae, la tierra llora, conoceremos a estos moradores. A los pocos vecinos de toda la vida que aún malviven en un Cabanyal cada vez más asediado y cercano a desaparecer. Las suyas son las historias de siempre: la del pequeño que desea vengarse de los que lo agreden en la escuela, el relato de un forastero que paga el precio de deambular por donde no debe, la de la pareja que desea tener un vástago que llene su casa… Pero nada en el Cabanyal es sencillo. Y cada sueño, cada anhelo, atrae a una entidad dispuesta a satisfacerlo. A cambio, claro, de un justo trato. Uno que acostumbra a implicar cuchillos, sangre, recuerdos arrebatados, muerte y semen.

Se puede salir airoso de un encuentro con los Poderes del Barrio si se sabe jugar con sus normas. Escucha a las ratas. Obedece al Rey. No hagas pactos con forasteros. Cumple la palabra dada. ¿Fácil, no es cierto? Y, sin embargo, pocos son los que salen indemnes de mezclarse en los asuntos de la Vieja Sangre. Los caminos de los dioses son, al fin y al cabo, inescrutables. Y los que ha conjurado Alfredo Álamo en su novela, tienen un macabro sentido del humor y muchas herramientas para salirse con la suya.

De ahí que la etiqueta más adecuada para definir La estrella cae, la tierra llora, sea la de terror sobrenatural. Entre otras cosas, porque no son pocas las veces que cerrar el libro de golpe se plantee como una solución. De algún modo hay que huir de lo cruel y lo inevitable. Y tal vez con otras historias funcione, claro. Pero no con los relatos de la Vieja Sangre. Como zarzillos de trepadora, estas historias no parecen dispuestas a quedar relegadas a la tinta y las páginas. Y es que si debemos fiarnos del testimonio de su autor, hay poco de inventado en las tramas del barrio. Álamo ejerce de cronista para las sombras de un barrio que, como corroborará cualquiera que ya se haya adentrado en él, parece tener corporeidad más allá de la ficción.

La estrella cae la tierra llora

ROMPIENDO LAS FRONTERAS CON LO REAL: EL CABANYAL EXISTE

Otro de los grandes aciertos de La estrella cae, la tierra llora, es su firme anclaje con la realidad. No solo por el escenario por el cual deambulan Mara, Dionisio o la rata Ifigenia. Sabemos bien que el Cabanyal existe y que puede visitarse. O al menos echarle un ojo a lo que la gentrificación ha dejado en pie de ese barrio de pescadores. Pero cuando decimos que la narrativa de Alfredo Álamo se afianza a la realidad, nos referimos a que vive y evoluciona con el paso del tiempo, al igual que nuestro mundo.

Los vecinos de la Vieja Sangre padecen la degradación de un barrio cuyos precios y comercios se enfocan en el visitante. Los bares de siempre cierran, los candados y cajetines toman las fachadas y calles enteras caen en manos de especuladores. Las viejas fachadas de azulejos se convierten en apartamentos a tres cifras la noche solo aptos para extranjeros. Turismo y hostelería se nutren con personal muerto en vida, como sucede en el relato «Titaina del Cabanyal». Los venidos de fuera fotografían las costumbres de los locales sin entenderlas. Como si las procesiones de «Semana Santa» fuesen un espectáculo más del parque temático. De ahí que la nostalgia ante un tiempo pasado sea una moneda tan frecuente en los acuerdos del barrio.

Todos pensamos que cuando fuimos jóvenes, terribles y hermosos vivimos la mejor de las épocas, la mejor de las vidas. Es solo una ilusión, una mentira que nos contamos para sobrevivir. El presente es duro. La vida es sufrimiento. Te aferras a la nostalgia de una época que nunca existió. A una mentira.


Podemos empatizar y entender el dolor de ver que la vieja fuente de la Plaza de los Ángeles es ahora un despropósito de chorritos. Y también comprendemos el sentimiento del viejo Toni, protagonista de «Regalo de mercadillo». No es fácil regresar al lugar del que vienes y no reconocerlo. Duele, aunque se guarde silencio, darse cuenta de todo lo que era y ya no existe en el barrio en el que se ha crecido porque alguien desde un despacho así lo decidió. Las lógicas de la realidad se comen las calles, sean veredas anodinas o las callejas mágicas de La estrella cae, la tierra llora.

El Cabanyal no es ajeno a lo que sucede en el mundo de los piesdepiedra. Y tampoco a sus dramas de nefasta gestión. Tal vez por eso, una de las historias que golpea con mayor fuerza el corazón de los lectores sea «Gólem». Este relato, que acompaña de manera independiente La estrella cae, la tierra llora, nos habla del barro y de las aguas que se llevan vidas y recuerdos. Retrata al mal gobierno, el de las excusas baratas y los silencios de máscara. Las palabras de Alfredo Álamo se clavan al dar forma a un grito que busca venganza y resarcimiento. Seamos del Cabanyal o piesdepiedra, lloramos de rabia y deseamos que muchos encuentren el final que se merecen por haberle arrebatado los recuerdos futuros a tantas y tantas almas. Y lo que sentimos va más allá de la ficción.

El mundo que ha creado Alfredo Álamo tiene agencia y corporeidad como pocos. Existe, lo sabemos. Y a su manera, forma parte del nuestro. Pocas historias consiguen engranarse tan bien en el tejido de lo tangible. Y en el fondo, es un acto de merecido resarcimiento. Todos los barrios son dignos de conservar su esencia y su memoria, digan lo que digan las lógicas especuladoras y el urbanismo hostil. Que la realidad secreta del Cabanyal, adulterada con magia (o no) se abra un hueco en el mundo a través de la ficción es un regalo. Y también un deseo y una advertencia: conservar la memoria del lugar del que venimos es el único modo de garantizar su pervivencia y la de las historias que en él se gestaron.

UNA VUELTA A CASA QUE SABE A BIENVENIDA Y CRUELDAD

El escenario de La estrella cae, la tierra llora no es nuevo. Muchos lectores se habían adentrado ya en los recovecos del barrio del Cabanyal hace algunos años, gracias a la publicación de La vieja sangre de mano del sello Orciny Press. En esa primera obra, Alfredo Álamo desplegó un vasto y complejo universo oculto que mora entre las calles de ese degradado barrio valenciano, convertido (como tantos otros) en atracción turística.

En ese barrio secreto, las ratas son las que controlan el flujo de la magia y nombran o deponen a su máxima autoridad. El Rey y la Reina del Barrio, figuras que ejercen de juez e intermediario entre los vecinos de la Vieja Sangre y los Poderes que deambulan por las calles. Cronista, Chatarrero, Señor de las Palomas… Seres que no son humanos pero que tampoco se alejan tanto de nuestra retorcida naturaleza. Entidades a las que recurrir cuando las cosas se tuercen, arriesgándose a un funesto final que sea, en cierto modo, justo.

Porque en el Cabanyal que Alfredo nos muestra, no hay nada más importante que la palabra dada. Y el autor, natural del barrio y de linaje antiguo, de los de barca y barraca, honra su promesa para con los lectores. Muchos deseaban regresar al barrio y, tras unos años de ausencia, La estrella cae, la tierra llora se siente en el corazón y las baldas de no pocos amantes del terror sobrenatural como un ansiada vuelta a casa. Un retorno más que bienvenido que no pocos honran del mejor modo que puede hacerse con las historias: leyéndolas con ansia desde que llegaran a librerías a principios de febrero. Como dirían los de la Vieja Sangre: trato justo, justiprecio.

LA ESTRELLA CAE, LA TIERRA LLORA: CONCLUSIONES

No puedo sino invitar a quienes aman las historias lúgubres y cercanas, sea esta la primera incursión en el Cabanyal de Alfredo Álamo o una segunda visita, que no se resistan a la llamada de estos relatos. Tras las páginas de La estrella cae, la tierra llora aguardan viejos conocidos, nuevas amenazas y toda una galería de almas en pena que pugnan por sobrevivir a la crueldad de un mundo que se desmorona. Uno amenazado por algo peor que los dioses antiguos y sus cuitas: el olvido y la especulación.

Acercaos pues sin miedo y acompañad al linaje de la Vieja Sangre por sus callejas secretas y sus pactos ocultos. Pero avanzad mapa en mano y con cuidado durante la lectura, pues extraviarse entre la narrativa del autor es muy sencillo. No en vano, como hijo del Cabanyal, Álamo sabe perfectamente cómo atrapar la atención de los lectores y enamorarles para siempre de su barrio y sus extrañas leyes. Algo que, en realidad, es más un regalo que una condena. Cuesta encontrar buenas historias, de las que saben a memorias pasadas y emociones puras. Esta, es una de esas raras gemas para degustar.


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