
Ramsey Fendall y Deanna Milligan, directores de Lucid, nominada a mejor película en la sección Noves Visions del Festival de Sitges.
Allí estaba yo sentado en una mesa del bar del Hotel Meliá Sitges. Afuera, el rumor de la gente hablando en el jardín se mezclaba con el tintinear de los vasos, así que me costaba seguir el inglés casi susurrado de Deanna Milligan y Ramsey Fendall. Lo pasé mal y me sorprendió al mismo tiempo, porque esa cadencia discreta en sus voces contrastaba con la intensidad emocional de Lucid, el valiosísimo largometraje que ambos han presentado en la 58ª Edición del Festival de Sitges. La trama gira en torno a Mia, una estudiante de arte a quien están a punto de expulsar de la escuela. Su última esperanza para combatir el bloqueo artístico radica en un elixir que provoca sueños lúcidos, lo cual despierta su creatividad… y otros lugares ocultos de su subconsciente.
Lucid sitúa su narrativa en los años noventa, no solo a través del vestuario o el diseño de producción, sino también mediante el grano del celuloide, la textura grunge y esa suciedad visual tan tangible. ¿Por qué era importante recuperar esa estética, y cómo resuena con el estado mental y creativo de la protagonista?
Deanna Milligan: Ambientar la película en los noventa nos permitió anclar la historia de Mia en un mundo donde la imperfección forma parte de su arte. La textura grunge, el grano de la película, esa “suciedad” que mencionas, reflejan su obsesión por lo grotescamente bello. Digamos que quisimos mostrar todos los recovecos de esa década que tanto celebró la contradicción. Por ejemplo, artistas como Vivienne Westwood convirtieron la rebeldía en alta costura, y ese espíritu está entretejido en el viaje de Mia. Su mundo está cosido con una lógica punk y artesanal, un reflejo de su caos interior.
En varias secuencias utilizáis cámaras de vídeo doméstico para después cambiar al formato 4:3. ¿Diriaís que este cambio formal refleja la percepción fracturada de la protagonista entre realidad y sueño? ¿O también es un comentario sobre la naturaleza del registro artístico y la memoria?
Ramsey Fendall: Jugamos con el cine y el vídeo como si fueran un collage. Por un lado, los sueños reflejan la percepción fracturada de Mia, la forma en que su sentido del yo se derrumba y recompone mientras transita entre la vigilia y el sueño. Las grabaciones en vídeo doméstico se convierten en una especie de arqueología emocional de una artista que intenta capturar y reproducir sus propios recuerdos. Utilizamos cámaras Hi8 y Super 8 reales en el rodaje, y los actores filmaron con ellas, de modo que las imágenes poseen una autenticidad imposible de falsificar.

La banda sonora (que combina noise, ambient y electrónica experimental) se siente casi como una voz narrativa propia. ¿Cómo integrasteis la música en la arquitectura emocional de la película? ¿Fue concebida como una extensión del estado interior de la protagonista?
Deanna Milligan: La música de Lucid fue creada por nuestra maravillosa compositora Marta Jacuibek-McKeever como, efectivamente mencionas, una extensión del mundo interior de Mia. Esta banda sonora original es la narradora subconsciente que refleja sus estados emocionales cambiantes. La música siente lo que Mia no puede articular. Refleja su ansiedad y alimenta su inspiración artística. Durante el rodaje, Marta fue diagnosticada de cáncer de ovario, pero quiso seguir trabajando en la película. Compuso parte de esos sonidos ambientales desde el hospital, con un teclado. La perdimos el 6 de octubre de 2025. Nuestra película es un homenaje y una celebración de su inmenso y mágico talento musical.
El uso del collage, la edición frenética y las imágenes surrealistas evocan el trabajo de Ken Russell, Rob Zombie e incluso la desfragmentación narrativa de Videodrome. ¿Qué buscabais expresar con este tratamiento alucinatorio de la imagen?
Ramsey Fendall: Nuestro objetivo era sumergir al público dentro del sueño de Mia. Luego editamos cuidadosamente con un ritmo hipnótico para que los espectadores sintieran que se deslizan dentro y fuera del subconsciente de Mia junto a ella. El stop motion y el metraje fílmico conforman un lenguaje visual que parece hecho a mano, pero inestable, como la propia imaginación de Mia.
Caitlyn Taylor ofrece una presencia extraordinariamente intensa, casi performativa. ¿Cómo trabajasteis con ella en el límite entre la interpretación y el trance creativo, especialmente en las secuencias de sueño lúcido?
Deanna Milligan: Caitlyn es una artista MUY valiente y comprometida. Se sumergió por completo en el personaje. Vivimos todos juntos durante el rodaje, y Caitlyn llegó antes para ayudar a construir el estudio y la habitación de Mia. Fue ella quien garabateó los grafitis que cubren las paredes del dormitorio de Mia, pensamientos interiores de suelo a techo. Siempre usamos música en el set para alcanzar la intensidad emocional deseada. Existía una gran confianza mutua, lo que nos dio un espacio seguro para explorar y traspasar límites. Usábamos los ensayos como terreno de descubrimiento, buscando significados más profundos y conexiones personales.

La película rompe claramente con la noción clásica del arte como búsqueda de la belleza. La protagonista crea desde el trauma, la confusión y la fealdad. En cierto sentido, ¿es la película una crítica al ideal romántico del artista?
Deanna Milligan: Lucid desafía intencionadamente las expectativas románticas y sociales de que las artistas que se identifican como mujeres deben crear cosas “bonitas” o “agradables”. Lo bueno, muchas veces, es feo. Para atravesar los lugares oscuros se necesita mucho coraje. Lo asumimos también como cineastas. Profundizar en lo pegajoso, en lo feo, es lo que Lucid explora.
La figura de la madre-monstruo es tan impactante como simbólicamente rica. ¿Cómo se concibió su diseño, y cómo se relaciona con la idea del arte como espacio de exorcismo o, quizás, de reconciliación?
Deanna Milligan: El Hair Monster fue concebido como una fusión de simbolismo maternal, surrealismo y drag. Contamos con la icónica drag canadiense Vivian Vanderpuss para crear a esta criatura. Vivian se inspiró en personajes de las películas de Miyazaki. Queríamos que este monstruo de pelo encarnara la complejidad de la relación de Mia con su madre: una bestia simultáneamente protectora y abrumadora, con un poder marcadamente femenino.
En la película hay una puerta que evoca el Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll. ¿Esa referencia literaria funciona como metáfora del viaje interior o también como un comentario sobre el cine mismo como acto de cruzar un umbral?
Ramsey Fendall: Sí, la puerta es una metáfora del viaje interior de Mia. Como un espejo, es un portal entre dos estados: vigilia y sueño, represión y expresión, realidad e imaginación. Para Mia, atravesar ese umbral representa su lucha por enfrentar los monstruos de su subconsciente, sus bloqueos creativos, su trauma y los secretos enterrados que definen su identidad como artista.
La estética indie sleaze y gótica se entrelazan dentro de un paisaje de pesadilla y autoexploración. ¿Qué papel juega la identidad visual de la protagonista en su evolución emocional?
Deanna Milligan: Las estéticas indie sleaze y gótica en Lucid son una extensión de la psique de Mia. Cada vestuario y cada pieza artística reflejan el proceso de transformar el dolor en creación. El vestido de cinta adhesiva, las paredes pintadas con aerosol, las botas monstruosas son parte de su modo de sobrevivir y florecer. Para Mia, la moda se convierte en un lenguaje de rebelión y renacimiento.

Finalmente, la película parece cerrar un ciclo entre arte, trauma y lucidez. ¿Creéis que su mensaje final es esperanzador (el arte como liberación) o trágico (el arte como una prisión construida a partir del dolor que lo inspira)?
Ramsey Fendall: Creemos que la película cierra con un poco de… ambas cosas. El arte es liberador, en el sentido de que puede elevarte de un estado a otro, pero el acto mismo de liberación se alimenta del dolor como materia prima. En última instancia, no hay una píldora mágica que te lleve allí. La transformación ocurre en la fricción. El viaje de Mia no es una huida limpia del dolor, sino un enfrentamiento con él. Los monstruos, los sueños, el caos creativo no son vencidos; se convierten en parte de ella. En ese sentido, el arte no es la cura del trauma, sino el espacio donde finalmente puede transformarse. Es alquimia. Vemos el final como esperanzador. Mia aprende que la lucidez no significa control, sino aceptación. Al abrazar la oscuridad dentro de sí, encuentra la libertad para crear sin miedo. El arte puede ser tanto un espejo como una jaula, pero en Lucid es, en última instancia, una puerta. Una vez que Mia la atraviesa, ya no está atrapada por su trauma: dialoga con él. Esa es la liberación a la que aspira la película.
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