Cobertura del Sitges Film Festival 2025

Por Antonio Míguez
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Como se aprecia justo arriba, el cartel de la quincuagésimo octava edición del Festival de Sitges es una calavera con una nariz de payaso. Imagen surrealista y simbólica, contrasta la lobreguez de la muerte con la simpatía del humor, lo que en un contexto cinematográfico solo puede significar una cosa: comedia de terror. Vista y disfrutada la selección de títulos de 2025 nos resulta difícil justificar la temática del certamen, salvo si consideramos que Joe Dante, el cineasta que dirigió allá por 1984 los míticos Gremlins, ha sido galardonado con el premio Máquina del Temps en reconocimiento a su carrera. De cualquier forma, me parece un motivo demasiado vago e inconsistente (me refiero a la distinción concedida a Dante) como para tematizar un evento de esta categoría.

Cartel original de «No matarás… al vecino».

En los setenta el cine estadounidense adquirió un tono oscuro y realista, sin duda fruto del pesimismo acarreado por el desastre de Vietnam y la recesión económica. Muy al contrario, los ochenta, movidos ya por otros intereses, serían conocidos para siempre como la época del cine familiar. A nivel social se advertía un creciente optimismo y además estalló el fenómeno del videoclub, sentando las bases para una mayor experimentación de las productoras y el nacimiento de una gran cantidad de fórmulas narrativas. La consecuencia sería el rodaje de largometrajes disfrutables entre un mayor rango de edad (niños, adolescentes o adultos) lo cual implicó la fusión de la comedia con otros géneros, como la ciencia ficción (Regreso al futuro, 1985), el policiaco (Super Detective en Hollywood, 1984), el drama romántico (Cuando Harry encontró a Sally, 1989), el thriller (Un pez llamado Wanda, 1988), el noir (Quién engañó a Roger Rabbit, 1988), la fantasía épica (Willow, 1988) y, naturalmente, el terror en toda su extensión. Pues bien, junto a John Landis o Sam Raimi, el premiado Joe Dante es uno de los principales adalides de esta tendencia de “horror cómico” (que no cósmico). Aparte de los ya mencionados gremlins o muestras desconocidas como El ejército de los muertos (2005), pienso que No matarás… al vecino (1989) se constituye en el mejor ejemplo de esta interesante imbricación y quizá por ello la cinta protagonizada por Tom Hanks, Carrie Fisher y Bruce Dern se ha proyectado en la sección Retrospectiva del Festival. El veterano director estuvo presente en la Sala Escorxador para transmitirnos el cariño que le profesa a este trabajo, en su momento masacrado por la crítica, pero hoy día considerado una obra de culto con total justicia. Así que, si sois fans de la deliciosa frescura y luminosidad de las producciones ochenters, os recomiendo sumergiros en esta comedia negra, donde el ansía por salir del hastío familiar y la desconfianza hacia el otro subrayan una realidad incómoda: a veces las cosas son lo que parecen.

LOS MITOS NUNCA MUEREN EN EL FESTIVAL DE SITGES

De todas formas, Sitges 2025 será recordado por ser la única edición hasta la fecha en la que han coincidido adaptaciones de Frankenstein y Drácula, a saber, las dos novelas de terror más influyentes de la literatura universal.

La primera ha venido de la mano de Guillermo del Toro, un realizador encumbrado por el fandom, a quien yo mismo valoro en su justa medida, y que sin embargo rara vez me ha llegado a conmover. El caso de su Frankenstein (2025) podría ser paradigma de mis sentimientos hacia su desempeño artístico y profesional. El film cuenta con la virtud de ser la reescritura más próxima al original literario, revistiendo al monstruo de una sensibilidad tan solo sugerida por Kenneth Branagh en la irregular versión de 1994. A ello contribuye la melancólica mirada del actor Jacob Elordi, que nos habla de una humanidad (aunque sea artificial, como la de los replicantes de Blade Runner), situada a leguas de distancia de los balbuceantes engendros concebidos por la Universal y la Hammer. En cuanto a la estructura diegética, está hábilmente dividida en dos secciones, cada una aprovechando la perspectiva de un antagonista, para acabar confluyendo en un desenlace quizá demasiado dulce. Porque a la criatura se la ha despojado de toda ambigüedad moral, de la ira y el resentimiento originales, construyendo un arquetipo de víctima absoluta, tal vez en aras de arrogarse la compasión del espectador por la vía más corta.

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Escena del set de grabación de «Frankenstein».

Asimismo, me resulta paradójico que a Guillermo del Toro se le tenga por uno de los últimos defensores de los efectos prácticos y el maquillaje tradicional (admito la excelencia del cadáver animatrónico visto en la conferencia universitaria), si consideramos la evidente impronta sintética de sus fotogramas, cargados de fondos renderizados, iluminación de videojuego, o usos groseros del CGI, como es la aparición de esa entidad escarlata en las pesadillas de Víctor Frankenstein. En síntesis, hablamos de una cinta que transmite una sensación sumamente extraña, pues si bien la fidelidad a la obra de Shelley se respira desde el minuto uno, echo de menos el alma, o tal vez la chispa (probablemente de electricidad), que insufló de vida a la leyenda literaria.

Un poco más duro seré con Drácula: A Love Tale (Luc Besson, 2025), cuyo subtítulo es ya de por sí una declaración de intenciones. El director de El quinto elemento prosigue la escalada hacia el romance más puro que inició John Badham en 1979 y que continuó Ford Coppola en la ínclita reescritura de 1992. Y digo esto porque la relación de amor interpretada por Gary Oldman y Winona Ryder ha subsumido de tal forma al mito que muchos piensan que Stoker la implementó en su libro, cuando es rotundamente falso. Es más, diría que Besson no ha adaptado la obra del escritor irlandés, sino que ha remakeado la de Coppola y con poco éxito, añadiría. La razón principal es la convivencia de ciertos activos, como es el sorprendente Drácula bajo la piel de Caleb Landry Jones, o el homenaje velado a Entrevista con el vampiro en cierto segmento del metraje, con repuntes de vergüenza ajena, al estilo de la deleznable cursilería despachada durante el introito del film, o las ridículas gárgolas de piedra (forzadísima influencia del gótico parisino) que asisten al conde en su castillo. Con todo, no me molesta este Drácula entre el insondable maremágnum de adaptaciones ya existentes, en tanto Besson consigue al menos dotar de un aire reconocible a su obra.

Fotograma de «Drácula: A love Tale».

LA DICTADURA DE LA BELLEZA

A juzgar por los últimos ganadores en Sitges, el terror puro ya no es suficiente para obtener el reconocimiento del Jurado. Al cocktail habríamos de añadirle alguna plegaria consciente, la vindicación de derechos a favor de minorías o, en definitiva, reflexiones sesudas de índole social. Y ojo, me encanta que este género alce la voz para intentar revertir causas injustas, pero no me entusiasma que esto sea un requisito sine qua non.

En el presente año, el Premio a Mejor Película se lo ha llevado La hermanastra fea (2025), otro alegato contra el sempiterno control heteropatriarcal sobre el cuerpo de la mujer y la exigencia (a veces externa, la mayoría de las ocasiones, autoimpuesta) de estar siempre perfectas. Emilie Blichfeldt, quien es la segunda directora que consigue este premio en solitario tras Karyn Kusama, realiza un interesante retelling de La Cenicienta, en el que una de las hermanastras se somete a una serie de tormentos físicos con el objetivo de resultarle atractiva al príncipe. A pesar del cuidadísimo aspecto formal de la cinta y su hábil gestión del body horror, la cineasta noruega no inventa nada, ya que versiones oscuras de los cuentos clásicos llevan apareciendo desde los años ochenta hasta nuestros días. Ahí está la corrupción de Caperucita de En compañía de lobos (Neil Jordan, 1984), pasando por Blancanieves, un cuento de terror (Michael Cohn, 1997) y llegando hasta la infravalorada Gretel y Hansel (Osgood Perkins, 2020), entre otras muchas. De hecho, los propios hermanos Grimm ya escribieron en su versión del cuento cómo las hermanastras se mutilaron los pies con tal de calzarse el zapato de cristal, en probablemente una de las secuencias más impactantes de la cinta de Emilie Blichfeldt. Reconozco, eso sí, el hallazgo de colocar la perspectiva narrativa en Elvira, esa hermanastra fea, que como sucede en historias de este tipo, de fea no tiene absolutamente nada. Eso también daría lugar a algunas reflexiones un tanto inquietantes sobre la industria.

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Fotograma de «La hermanastra fea».

Otra explotación del éxito de La Sustancia ha sido Thinestra (Nathan Hertz, 2025). La película nos narra la historia de una diseñadora gráfica muy acomplejada por su peso. En un día rutinario cierta modelo de spot le obsequia una pastilla supuestamente milagrosa que le ayudaría a estilizar su figura. Tras ingerirla, la protagonista empieza a supurar grasa de la piel (consiguiendo su objetivo), pero el fluido corporal desechado va acumulándose hasta formar una especie de doppelgänger vengativo. Thinestra cuenta con la particularidad de que dos gemelas (Michelle y Melissa Macedo) interpretan a la protagonista en sus distintas fases de adelgazamiento, en posiblemente un hecho único en la historia del cine, pues hasta ahora solo conocía la dinámica contraria, es decir, un solo actor encarnando a dos gemelos (Eddie Murphy en Bowfinger, Jeremy Irons en Inseparables, Lindsay Lohan en Tú a Boston y yo a California… y un largo etc.). El largometraje se deja ver desde el entretenimiento más desprejuiciado, e incluso conquista insospechados méritos como el de elevar a trasunto del espanto la aparición en pantalla de comida ultra calórica, en un émulo de monstruos que nos acechan (sobre todo a las mujeres y he aquí el mensaje).

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Fotograma de «Thinestra».

Desde Emiratos Árabes nos llega The Vile (Majid Al Ansari, 2025), la cual prácticamente abandona el factor sobrenatural durante su primera mitad para abrazar el drama costumbrista. El libreto gira en torno a Amani, quien cae en desgracia porque su marido Khalid se presenta en su residencia acompañado de una segunda esposa llamada Zahra. Este hecho destroza emocionalmente a Amani, dado que se siente incapaz de competir con alguien más joven y además embarazada de un varón.

Paradójicamente, es la irrupción del elemento fantástico lo que a mis ojos desequilibra un film que hasta ese momento funcionaba sin necesidad de nada más (aunque en ese caso nunca habría llegado a Sitges), poniendo sobre la mesa las contradicciones de la poligamia en pleno s. XXI. Con todo, es apreciable el papel jugado por la casa, de pronto convertida en cárcel vountaria de su protagonista, que además se ve obligada a convivir junto al foco de su depresión. A este respecto, quedará para el recuerdo la arrebatadora performance de la actriz Sarah Taibah (la esposa de menor edad), cuya feérica presencia deslumbra cualquier elemento a su alrededor, empeñándose en recordarnos cuan terrible es esa dictadura de la belleza que criticábamos en el título de este epígrafe.

Fotograma perteneciente a «The Vile».

RETRO AVENTURAS: LOS 90´s REVIVEN EN SITGES

Desde el estreno de la icónica Drive en el ya lejano 2011, hemos sido testigos de un incesante torrente de películas y series que han construido su identidad visual y sonora a partir de la cultura pop de los años ochenta. La fecha no es casual, pues evoca el tiempo en que los potenciales consumidores de ocio de esta generación (es decir, adultos de entre 30 y 40 años con poder adquisitivo) eran niños y por ende forjaron sus gustos personales. En este sentido, la fiebre por los ochenta, que dura ya casi quince años, es un movimiento de marketing calculado, susceptible de extenderse pronto a los noventa, los dos mil y más allá. Hablamos de una estrategia que drena los recuerdos de los espectadores y los rentabiliza como si se extrajera petróleo de un yacimiento, por lo que bien podríamos llamar a este fenómeno capitalismo de la melancolía. Se explica esto debido a que hemos observado un aire bastante noventero en Sitges 2025.

Inserta en esta vorágine nos cae del cielo Lucid (Ramsey Fendall, Deanna Milligan, 2025), nominada a mejor película en la sección Noves Visions. El plot nos presenta a Mia, una estudiante de arte incapaz de firmar una obra a la altura de las expectativas de su exigente profesor. Frustrada, decide consumir una píldora que le provoca un upgrade, una liberación sensorial que, si bien le despierta la inspiración, también le ocasiona un viaje donde se mezclan traumas ahogados de su infancia, desafíos internos sobre la vocación estética del arte y el proceso de transformar el dolor en creatividad. Mención aparte merece el maravilloso acabado visual del film, colmado de texturas analógicas o soluciones experimentales que recuerdan al mejor Ken Russel. En medio de este maravilloso periplo con marchamos surrealistas se erige como una reina su protagonista Mia (genialmente interpretada por la joven actriz Caitlyn Taylor), básicamente porque la cámara la desea y, sobre todo, sugiere un mundo interior tan caleidoscópico y complejo como la cinta que protagoniza.

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Fotograma perteneciente a «Lucid».

Si hubo un subgénero asociado al terror a finales de los noventa ese fue el de metraje encontrado o mockumentary. Rápidamente asaltará nuestra memoria la proeza realizada por Daniel Myrick y Eduardo Sánchez en El proyecto de la bruja de Blair (1999), pero antes ya tuvimos The Last Broadcast (1998) o Alien Abduction: Incident in Lake County (1998). Pues bien, en el presente festival se ha estrenado una fusión de todas ellas llamada Man Finds Tape (Paul Gandersman, Peter S. Hall, 2025) y que cumple a rajatabla con los rasgos característicos de este subgénero, como son el falso amateurismo, el bajo presupuesto, la importancia de lo sucedido fuera de campo, actores desconocidos, etc. Visto lo visto, nuestra cinta no destaca por ser un dechado de originalidad, mas cuenta con un macguffin tan sencillo como perturbador: un podcaster descubre en su desván una vieja cinta donde se ve a sí mismo dormido de niño, mientras un hombre de negro irrumpe en la habitación para administrarle una misteriosa pastilla. A partir de aquí la película se fragmenta en un tejido de grabaciones caseras, cámaras de seguridad, móviles y streamings, componiendo un mosaico de pantallas que amplifica la sensación de vigilancia y terror. El resultado es de tono similar a un buen episodio de Expediente X, aunque sazonándolo con fuertes aromas lovecraftianos. Imperdible si os va el rollo.

Fotograma perteneciente a «Man finds tape».

Hablando de rollos, la siguiente película, Fucktoys (2025) es tan retro que se grabó en 16 mm, fue recortada en dimensiones de Cinemascope y revelada en posproducción con el propósito de que sus colores parezcan explotar. Su realizadora, guionista y actriz principal, Annapurna Sriram, ha citado a John Waters (Crybaby, El Lágrima, 1990) como una influencia inspiradora, si bien es fácil hallar ecos de otros tantos, como Jim Jarmusch, Sofia Coppola, y en general la tipología trash que inauguró Pink Flamingos. Todo ese collage de referencias confluye en el relato de una prostituta que ha sido maldecida en una ciudad llamada Trashtown. Con la intención de revertir su desastrosa suerte, la protagonista recurre a un grupo de sacerdotes vudús travestidos que acceden a practicarle un ritual de limpieza a cambio de mil dólares y el sacrificio de un cordero… pero a nuestra chica le da pena el animalito y lo adopta como mascota. Al igual que ocurre con otros largometrajes de este apartado, el trabajo de Annapurna Sriram será una delicia para quienes (como yo) estén hastiados del acabado metálico de Netflix y su interminable desfile de personajes estandarizados y vacíos. Aquí encontrarán justo lo contrario y un extra de buen erotismo.

Fotograma perteneciente a «Fucktoys».

Cerramos este apartado con Brick Boy (Scott Vasey, 2025), un sangriento ejercicio de nostalgia y humor. El corto narra la historia de una adolescente víctima de acoso escolar que, harta de las humillaciones de sus compañeros, decide invocar a un golem construido con piezas de LEGO para impartir justicia. Ambientado en una urbanización de 1992, el film recrea con mimo la estética suburbana de los ochenta y primeros noventa, en la línea de Stranger Things, desplegando un festín de referencias a la cultura pop del momento: posters de cine, juguetes icónicos y una banda sonora diegética que actúa casi como si fuera una máquina del tiempo. Brick Boy sorprende por su tono festivo y su apuesta por un gore lúdico y artesanal, repleto de efectos prácticos que reivindican el encanto del cine de terror hecho a mano.

Fotograma perteneciente a «Brick Boy».

EL FOLK HORROR CONTINÚA EN EL FESTIVAL DE SITGES

Continuando con la fértil producción de Folk Horror de los últimos años nos llega Mother of Flies (2025). Sus artífices son John, Zelda y Toby Adams (padres e hija) quienes llevan su cine autoproducido a una dimensión de madurez inusual. Lo que en anteriores trabajos no pasaba de ser un experimento familiar (rodado con los medios más escuetos, pero con una autenticidad feroz) se transforma aquí en un ritual cinematográfico sobre la asunción de la muerte, el poder de la fe y la persistencia del vínculo con los hijos. La película denota la depuración formal y emocional dentro de la filmografía del trío, como demuestra el hecho de que haya sido premiada con el Cheval Noir en Fantasia 2025. También creo que podrían haber conquistado el máximo galardón en Sitges.

La narrativa coloca el foco sobre Mickey, una adolescente que busca la cura para su cáncer en un bosque habitado por la bruja de un mito local. Su padre no cree en la magia y por tanto no está de acuerdo con la decisión, mas se propone acompañarla porque piensa que la pseudoterapia podría suponer un bálsamo para su hija. La cuestión es que, al contrario de lo esperado en estos casos, la bruja no exige un pago en metálico… sino que la mueven otro tipo de motivaciones. En el epicentro de la película encontramos la imponente actuación de Toby Poser (nombre de soltera) bajo la piel de la bruja Solveig. Su presencia en pantalla es aterradora, fascinante e inolvidable y representa la convicción para que Mickey deposite su fe en la taumaturgia y la conexión telúrica. A nivel visual, el filme se sostiene a partir de una puesta en escena contenida, de respiración lenta, que de vez en cuando estalla en vívidos encuadres cerrados sobre la floresta y la hojarasca. Aunque incluso más interesante es su climático desenlace, que eleva a los Adams como una de las voces más singulares del cine independiente contemporáneo.

Fotograma perteneciente a «Mother of Flies».

Desde el norte peninsular nos llega la nueva obra de Paul Urkijo, un cineasta que confirma con cada película su talento único para el fantástico. En esta ocasión, el director gasteiztarra se aparta de la épica heroica al estilo Beowulf que nos ofreció en Irati (2022), para internarse en el territorio más sombrío de los cuentos euskaldunes. Gaua (2025) nos traslada a las abruptas montañas vascas, en pleno siglo XVII, cuando la caza de brujas sembraba el terror entre los aldeanos. En ese escenario, una campesina llamada Kattalin huye de su marido maltratador, abandonando el caserío bajo el manto de la medianoche. Perdida en la espesura del bosque, tropieza con tres mujeres que lavan ropa junto al río mientras entretejen murmullos de viejas leyendas y habladurías del pueblo. Pronto, Kattalin descubrirá que su destino está irremediablemente ligado a esos mismos relatos.

Urkijo rinde aquí homenaje a gran parte de la mitología vasca (al gaueko, a las sorginak, a los espectros de clérigos y, por supuesto, a las brujas), resignificando ese imaginario desde una mirada contemporánea. Resulta fascinante la paradoja que plantea, en tanto el director se alimenta de la iconografía heredada de la superstición inquisitorial y del arte goyesco (ambos de raíz profundamente negativa) para transformarla en un relato de liberación pagana y comunión con la naturaleza. Así, el aquelarre deja de ser un acto demoníaco para convertirse en un gesto de resistencia frente a la moral cristiana. Desde luego no es una idea inédita: la propia actriz principal, Yune Nogueiras, ya participó de la similar Akelarre (2020), y las resonancias con La Bruja de Robert Eggers son inevitables. Pero Urkijo logra insuflarle a su obra una identidad propia, marcada por su savoir faire y un profundo respeto por el folclore.

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Fotograma perteneciente a «Gaua».

Si se busca un entremés a la altura de las circunstancias disponemos del corto Väsen (Kiggs Carlsson, 2025), que vendría a significar «ente sobrenatural» en sueco. El relato tipo cuento se desarrolla en la Escandinavia del s. XVII y nos presenta a dos hermanos dejándole un plato de gachas a una especie de espíritu benefactor. El problema sobreviene cuando a uno de los jóvenes se le antoja probar el dulce exvoto, gesto que indispone de tal manera al ser como para tomar unas represalias excesivas. La buena ambientación, los decentes efectos especiales y, sobre todo, el impactante diseño de la criatura, harán las delicias de los fans de los monstruos navideños, tipo Krampus y demás sucedáneos.

La nota exótica viene a darla Bokshi (2025), del director Bhargav Saikia, el cual aspira a explorar el Folk Horror desde un país tan atípico como la India. Si obviamos el anodino inicio, su nudo narrativo recuerda por momentos al estilo de El proyecto de la Bruja de Blair (especialmente en la excursión escolar al bosque y la creciente tensión entre los personajes), mientas que su tramo final evoca el crescendo de terror visto en Hereditary de Ari Aster, mediante una resolución que busca golpear con fuerza el estado anímico del espectador. No obstante, su metraje excesivo (166 minutos según su ficha) diluye el ritmo y convierte muchas de las escenas en simple relleno sin interés. Por su parte, los efectos especiales (salvo en ese tramo final impactante que salva el show sobre la bocina) resultan frecuentemente artificiales o poco convincentes. Aun así, la ambientación de los bosques del subcontinente asiático y la insólita presencia de un culto a la Venus de Willendorf en la India, aportan el suficiente interés como para echarle un ojo.

Fotograma perteneciente a «Bokshi».

J-HORROR

Desde el triunfo sin paliativos de The Ring en el Festival de 1999, ha sido incesante el goteo de películas J-Horror a lo largo de los años en Sitges. Esto se ha debido principalmente a que Ángel Sala, el director del evento, es un fan acérrimo del género, y este año no iba a ser diferente.

En mi caso, he tenido acceso a Dollhouse (Shinobu Yaguchi, 2025), una cinta que parte de una de las creencias más arraigadas en el imaginario sobrenatural japonés: las muñecas poseídas. La historia sigue a un matrimonio que pierde trágicamente a su hija de cinco años. La madre, incapaz de asumir la pérdida, encuentra consuelo en una muñeca que reproduce con inquietante exactitud los rasgos de la niña fallecida. Sin embargo, tras el nacimiento de su segunda hija, la pareja comienza a dejar de lado el objeto, que permanecerá en la casa como un vestigio silencioso del duelo. Cuando la nueva niña cumple cinco años y empieza a jugar con la muñeca, una serie de fenómenos inexplicables alteran la rutina familiar: sutiles movimientos al fondo del encuadre, cambios de posición imposibles, marcas de mordeduras en los brazos de la pequeña o el crecimiento antinatural del cabello del juguete. Desesperados, los padres se adentran en una investigación que los enfrentará a la naturaleza maldita del objeto y a sus propios fantasmas emocionales.

En este punto, Yaguchi transita del drama sobrenatural al thriller psicológico, fusionando géneros con la solvencia narrativa característica del J-Horror clásico. La estructura recuerda inevitablemente a la de títulos seminales como Ringu, especialmente en su falso clímax final, que multiplica el desasosiego en lugar de clausurarlo. Como curiosidad, el filme introduce un guiño metacinematográfico al incluir varias réplicas de la auténtica muñeca encantada Okiku, cuya leyenda sirve de inspiración a la historia. Estas apariciones funcionan de manera similar al recurso de la muñeca Annabelle en el “terrorverso” de los Warren, aunque aquí con una carga cultural mucho más enraizada y simbólica.

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Fotograma perteneciente a «Dollhouse».

Le toca turno a The Curse (Kenichi Uana, 2025) que arranca siguiendo los códigos más reconocibles del neo-kaidan: una protagonista joven, el miedo filtrado por la tecnología y una sensación de amenaza latente que emerge desde las pantallas y las notificaciones. Riko, que vive tranquilamente con su compañera de piso, descubre en una red social parecida a Instagram unos extraños vídeos publicados por su amiga taiwanesa Shufen… el problema es que Shufen murió hace seis meses. Desde entonces, su perfil sigue actualizándose, como si la muerte no hubiera bastado de una vez para cerrar sesión. A partir de ahí, Kenichi Uana despliega una trama tan absurda como fresca, en tanto una bruja experta en magia negra china, humillada en redes por un grupo de internautas, lanza una maldición que mata a través de internet.

Lo que podría haber sido un disparate acaba convirtiéndose en una extraña fusión entre el horror japonés, con su contención psicológica y su estética minimalista, y el terror chino, más visceral, sucio y explícito. Uana parece ser consciente del exceso que propone y se adhiere a la parodia sin que esta llegue a ser del todo evidente. Tal mezcla generó momentos un poco extraños en la sala porque el público reía cuando tenía que asustarse y viceversa, lo cual no es culpa del director, sino de la poca agudeza del respetable. En cuanto a lo visual, el film rompe con la clásica sobriedad nipona mediante picados, giros de cámara en 360 grados y un montaje casi videoclipero que enfatiza el caos digital. Irregular y algo torpe en sus interpretaciones, The Curse no alcanza la altura de sus referentes, pero sí ofrece un entretenimiento delirante, así como una advertencia de total actualidad: cuidado con lo que publicas… nunca sabes quién (ni qué) puede tomárselo demasiado en serio.

NOS VEMOS EL AÑO QUE VIENE

Y hasta aquí hemos llegado. Las películas comentadas se han seleccionado tanto por las tendencias que hemos observado en el Festival de Sitges como por su calidad intrínseca. Hemos decidido omitir el magnífico cortometraje Los fantasmas de la Quinta, ganador del Méliès de Plata al Mejor Cortometraje de Género Fantástico, ya que contaremos con una exhaustiva entrevista a su creador principal, James A. Castillo. Del mismo modo, no merece la pena detenerse en obras que han decepcionado, como es el último trabajo de Park Chan-wook, antaño uno de mis tres cineastas favoritos y hoy laureado con el Premio a Mejor Director, un galardón que, a mi juicio, no refleja su mérito.

Fuera de estas excepciones, Sitges 2025 confirma que el terror contemporáneo ha dejado de centrarse únicamente en asustar. Por encima de todo busca agradar, ser leído, interpretado, diseccionado en podcasts y tesis doctorales. Pareciera que el monstruo haya abandonado sus pantanos, criptas y castillos para migrar a las redes sociales, preocupado por su imagen y su engagement. Ahí encontramos a una criatura de Frankenstein deprimida, a un Drácula más enamorado que sanguinario; el auge de un horror corporal y folk cargado de compromiso social y perspectiva feminista; e incluso el culto fingido a un terror “vintage” que pretende parecer espontáneo. Y ¿sabéis qué? Me encanta. Porque todo ello demuestra que el género crece, se adapta y refleja las sensibilidades de los nuevos tiempos.

Por último, os informamos de que tuvimos la suerte de entrevistar a algunos directores relevantes durante el transcurso del Festival de Sitges, así que estad atentos a la página web a lo largo de los próximos días.


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