Furias desatadas: segundo capítulo

by Windumanoth
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La trilogía de Takeshi Kovacks, publicada por Ediciones Gigamesh, llega a su conclusión con la publicación de su entrega final: Furias desatadas. La saga de ciencia ficción de Richard Morgan se cierra con una obra de corte más político que las anteriores, en la que veremos más atisbos de la forma de pensar de Kovacs.

Tras la publicación de Carbono modificado y Ángeles rotos, hoy mismo se pone a la venta en español Furias desatadas, cuya sinopsis oficial es la siguiente:

Cuando se desata la violencia, sobran las palabras.

Entre la población del Mundo de Harlan, cansada de los atropellos de las primeras familias, las corporaciones y la yakuza local, se gesta una nueva revolución, alentada por rumores de que la mismísima Quellcrist Falconer ha regresado de la muerte para liderarla. Cuando Takeshi Kovacs vuelve a este23 escenario como una tormenta digital, tendrá que enfrentarse literalmente a sí mismo y acabará dando rienda suelta a una furia que cambiará para siempre el mundo que conocía.

Furias desatadas es el inquietante desenlace de la trilogía con la que Richard Morgan nos ha enseñado a temer el futuro hipertecnológico que nos espera, extrapolando a partir del neoliberalismo rampante que nos deshumaniza a marchas forzadas en el presente. Y durante ese viaje aterrador expone la única posibilidad que tenemos de enfrentarlo: desatar todas las furias.

Furias desatadas

Furias desatadas se publica hoy 23 de marzo, de la mano de Ediciones Gigamesh, en formato tapa dura. Tiene una extensión de 816 páginas y se puede comprar por 20 euros. La traducción es de Andrea M. Cusset. Y para los más impacientes por regresar al Mundo de Harlan, aquí os traemos el adelanto exclusivo de su segundo capítulo.

FURIAS DESATADAS: SEGUNDO CAPÍTULO

Antes de que Leonid Mecsek derramara su beneficencia sobre las precarias economías del archipiélago Azafrán, Tekitomura sobrevivía gracias a la temporada de pesca deportiva de lomocurvos para ricachos de Millsport o las islas Ohrid y a la recogida de gelatelas por sus aceites. La bioluminiscencia de estas últimas hacía que resultara más fácil capturarlas de noche, pero los barcos de arrastre no solían pasar fuera más de dos horas seguidas. Superado ese tiempo, los finos aguijones de las gelatelas formaban una capa tan gruesa sobre la ropa de los tripulantes y las superficies del arrastrero que la productividad bajaba en picado debido a la inhalación de toxinas y las quema- duras dérmicas. Los barcos llegaban a la estación durante toda la noche para que las mangueras limpiaran a tripulantes y embarcaciones con biosolvente barato. Detrás del resplandor de las lámparas Angier de la estación de limpieza había una callejón lleno de bares y restaurantes que abrían hasta el amanecer.

Plex se deshizo en disculpas y me llevó a los muelles, a un local sin ventanas llamado Cuervo de Tokio. No era muy distinto de cualquier bar de marineros cutre de Millsport: dibujos murales de Ebisu y Elmo en las paredes sucias, intercalados con las placas votivas habituales en kanji y román amánglico:

«Concedednos mares en calma y redes llenas». Detrás de la barra de madera espejo, unos monitores colgados en lo alto daban el parte meteorológico local, los patrones de comportamiento orbital y las últimas noticias globales. El inevitable holoporno en una base de proyección amplia al fondo de la sala. Había grupitos de pescadores de los arrastreros en la barra y en torno a las mesas, con los rostros velados por el cansancio. La parroquia era escasa; en su mayoría, hombres, en su mayoría, infelices.

—Pago yo —dijo Plex a toda prisa cuando entrábamos.

—¡Joder, qué menos! Me miró, avergonzado.

—Eh…, claro. ¿Qué te apetece?

—Lo que sea que pase por whisky por estos lares. De garrafón. Algo que pueda paladear con los circuitos de sabor de este asco de funda.

Fue hacia la barra y, por inercia, busqué una mesa en un rincón, con vistas a la puerta y la clientela. Me dejé caer en el asiento y el movimiento me hizo recordar con una mueca de dolor las costillas laceradas por el disparo.

«Vaya puto desastre.»

«Buenos, no tanto. —Palpé las pilas que llevaba en bolsillo a través de la tela del abrigo—. Tengo lo que he venido a buscar».

«¿Alguna razón especial por la que no pudieras limitarte a cortarles el cuello mientras dormían?»

«Era necesario que lo supieran. Era necesario que vieran lo que se les venía encima».

Plex volvió de la barra con vasos y una bandeja de sushi de aspecto mustio. Parecía inexplicablemente pagado de sí mismo.

—Mira, Tak. No tienes que preocuparte por esas brigadas de rastreadores. En una funda sintética…

—Sí. Lo sé.

—Y, bueno, solo son seis horas.

—Y todo el día de mañana, hasta que zarpe el deslizador.

—Agarré mi vaso—. Será mejor que te calles, Plex.

Y se calló. Al cabo de un par de minutos rumiando solo, descubrí que eso tampoco me venía bien. Me sentía crispado en aquella piel sintética, como en pleno bajón de meta, incómodo con quien era físicamente. Necesitaba distraerme.

—¿Hace mucho que conoces a Yukio? Alzó el rostro, enfurruñado.

—Creí que querías…

—Sí. Lo siento. Esta noche me han pegado un tiro, y no estoy de muy buen humor. Solo estaba…

—¿Te han disparado?

—Plex —me incliné por encima de la mesa con gesto elocuente—, ¿quieres hablar bajo, joder?

—Ah, lo siento.

—Quiero decir… —Hice un gesto de impotencia—. ¿Cómo coño sigues en el negocio, tío? Se supone que eres un delincuente, por el amor de Dios.

—No fue por elección —dijo, tenso.

—¿No? Entonces, ¿cómo funciona? ¿Hacen algún tipo de leva por aquí?

—Qué gracioso. Supongo que tú sí escogiste el Ejército, ¿no?

¿A los putos diecisiete años habituales?

—Fue mi elección, sí —reconocí con indiferencia—. El Ejército o las bandas. Me puse un uniforme. Ganaba más que con los delitos que ya estaba cometiendo.

—Bueno, pues yo nunca estuve en una banda. —Dio un buen trago a su vaso—. La yakuza se aseguró de eso. Demasiados riesgos de echar a perder su inversión. Estudié con los profesores adecuados, pasé tiempo en los círculos sociales adecuados, aprendí a actuar como debía, y luego me recogieron como un fruto maduro.

Su mirada se encalló en la madera cruzada de cicatrices de la mesa.

—Recuerdo a mi padre —añadió con amargura—. El día que obtuve acceso a las pilas de datos de la familia. Justo después de mi fiesta de mayoría de edad, la mañana siguiente. Yo todavía estaba resacoso y un poco colocado, y Tanaseda, Kadar e Hirayasu allí como vampiros, en la oficina de mi padre. Ese día lloró.

—¿Ese Hirayasu? Negó con la cabeza.

—Ese es el hijo, Yukio. ¿Sabes cuánto hace que conozco a Yukio? Crecimos juntos. Nos dormíamos en las mismas clases de kanji, fumábamos la misma mierda, salíamos con las mismas chicas. Se fue a Millsport por la época en que empecé las prácticas de biotecnología de digitalización de humanos y volvió un año más tarde con ese traje de idiota. —Alzó la vista—. ¿Crees que me gusta pasarme la vida saldando las deudas de mi padre?

No parecía esperar respuesta. Y yo tampoco quería oír nada más de aquello. Di otro sorbo al whisky de garrafón y me pregunté cómo sería en una funda con papilas gustativas de verdad. Hice un gesto con el vaso.

—Bueno, ¿y cómo es que necesitaban tu equipo de enfundado-desenfundado esta noche? Tiene que haber más de un equipo de derivación de humanos digitalizados en la ciudad, seguro.

—Por alguna cagada —respondió encogiéndose de hombros—. Tenían equipo propio, pero se contaminó. Agua de mar en los surtidores de gel.

—Crimen organizado, ¿eh?

—No tienes familia, ¿verdad? —me preguntó con una expresión que reflejaba envidia resentida.

—Nada destacable. —Había sido duro para mí, pero no hacía falta entrar en detalles. Mejor cambiar de tema—. He estado fuera.

—¿En almacenamiento? Negué con la cabeza.

—En los mundos exteriores.

—¿En los mundos exteriores? ¿Adónde fuiste? —Su voz dela- taba una emoción inconfundible, apenas contenida por el fantasma de su abolengo.

El sistema Resplandor no tiene planetas habitables aparte del Mundo de Harlan. Los intentos de terraformación de Res- plandor V, más allá en el plano de la eclíptica, tardarían al menos otro siglo en dar resultados útiles. «Mundos exteriores» para un harlanita significa transmisión de aguja de alcance estelar, dejar atrás tu yo físico para reenfundarte en otra parte a años luz bajo un sol alienígena. Es todo muy romántico, y la conciencia colectiva otorga a los viajeros por transmisión de aguja conocidos un estatus de celebridad similar al de los pilotos de la Tierra en la época de los vuelos espaciales intrasistema.

El hecho de que, a diferencia de los pilotos, estas celebridades modernas en realidad no tengan que hacer nada para viajar por transmisión de aguja, el hecho de que en muchos casos no posean verdaderas habilidades o estatus al margen de la fama que les ha dado el viaje en sí, no obstaculiza en modo alguno su conquista triunfal del imaginario público. La vieja Tierra es el verdadero premio gordo como destino, pero, al final, no parece que importe mucho adónde vas, con tal de que vuelvas. Es una de las técnicas de promoción favoritas de estrellas de experia en decadencia y cortesanas de Millsport venidas a menos. Si consigues costearte la transmisión, tienes asegurados años de cobertura bien remunerada en las revistas de volcados mentales.

Eso, por supuesto, no se aplica a los emisarios. Nosotros nos limitábamos a viajar sin hacer ruido, a aplastar alguna que otra revuelta planetaria, derrocar algún que otro régimen y sustituirlo por algo más conveniente para la onu. Masacre y eliminación a lo largo y ancho de las estrellas, por el bien mayor —naturalmente— de un Protectorado unido.

Ya no me dedico a eso.

—¿Has ido a la Tierra?

—Entre otros sitios. —Sonreí ante un recuerdo que evocaba con un siglo de desfase—. La Tierra es un agujero de mala muerte, Plex. Una puta sociedad estática, clase dominante de inmortales ultrarricos, masas acobardadas.

Se encogió de hombros y revolvió el sushi con malhumor.

—Suena igual que esto.

—Sí. —Di otro sorbo al whisky. Había un montón de diferencias sutiles entre el Mundo de Harlan y lo que había visto en la Tierra, pero no pensaba exponérselas en ese momento—. Ahora que lo dices, sí.

—Entonces, ¿qué eres? ¡Oh, mierda!

Durante un momento, pensé que se refería al sushi de lomo curvo. Ya fuera por la reacción deficiente de la funda sintética agujereada o por el cansancio de llevar toda la noche en vela, tardé varios segundos en alzar la vista, seguir su mirada hasta la barra y la puerta, y comprender lo que había.

A primera vista, parecía una mujer corriente: esbelta y en forma, mono de trabajo gris y una anodina chaqueta acolchada, el cabello inesperadamente largo, la tez entre clara y pálida. Demasiado tensa para pertenecer a la tripulación de un arrastrero. Entonces advertías su postura, con los pies, calzados con botas, algo separados, las manos planas encima de la barra de madera espejo, la cara inclinada hacia delante, el cuerpo con una inmovilidad sobrenatural. Luego los ojos se te iban de nuevo a ese pelo y…

Enmarcado en el vano de la puerta, ni a cinco metros de ella, un grupo de sacerdotes de casta superior de la Nueva Revelación pasaba revista a la clientela. Debieron de localizar a la mujer más o menos al mismo tiempo que yo los localizaba a ellos.

—Oh, mierda, ¡joder!

—Plex, cállate. —Lo murmuré entre dientes, sin mover los labios—. No conocen mi cara.

—Pero ella…

—Que esperes, digo.

La pandilla de bienestar espiritual se adentró en la sala. Eran nueve y parecían dibujos animados: barba de patriarca y cabeza rapada, expresión adusta y decidida. Tres oficiantes, con el color negro del apostolado sobre la túnica de un ocre apagado y la mira de bioware que llevaban en un ojo, como el parche de los antiguos piratas, fija en la mujer de la barra, se cernían sobre ella como gaviotas en una corriente descendente. Su cabello descubierto debía de haberles parecido un faro de provocación.

Tanto daba si estaban peinando las calles en mi busca. Había entrado en la ciudadela enmascarado en una funda sintética. No tenía señas de identidad.

Pero por todo el archipiélago Azafrán, escurriéndose hacia la zona norte de la masa continental más próxima como el veneno de una gelatela rota y, según me habían contado, arraigando en lugares insospechados tan al sur como la misma Millsport, los Caballeros de la Nueva Revelación esgrimían su ginefobia recién regenerada con un entusiasmo que habría enorgullecido a sus antepasados islamocristianos de la Tierra. Una mujer sola en una barra ya era malo; una mujer sin cubrirse, mucho peor; pero aquello…

—Plex —dije en voz baja—, pensándolo bien, creo que será mejor que te largues.

—Tak, escucha…

Puse el dial de la granada alucinógena en efecto retardado máximo, tiré de la espoleta y la eché a rodar con suavidad por debajo de la mesa. Plex lo oyó y soltó un leve gañido.

—Venga —le dije.

El oficiante que lideraba el grupo llegó a la barra. Se quedó a medio metro de la mujer, quizá a la espera de que ella se acobardara.

Ella no le hizo ni caso. De hecho, no prestaba atención más que a la superficie de la barra que tenía bajo las manos y, caí en la cuenta, a la cara que veía reflejada en ella.

Me puse en pie sin prisas.

—Tak, no merece la pena, tío. No sabes qué…

—He dicho que te vayas, Plex. —Entonces dejé que la furia creciente me arrastrara como a un esquife abandonado en el margen de un remolino—. Seguro que quieres saltarte esta pantalla.

El oficiante se cansó de aquel desprecio.

—Mujer —gritó—, cúbrete.

—¿Por qué —articuló ella en respuesta con una claridad cortante— no vas a meterte algo afilado por el culo?

Se produjo una pausa casi cómica. Los parroquianos que se encontraban más cerca se volvieron con una mirada colectiva de incredulidad, porque era imposible que ella hubiera dicho lo que pensaban que había dicho.

Alguien soltó una carcajada.

El golpe ya oscilaba en el aire, un revés de dedos nudosos que habría lanzado a la mujer por los aires y la habría dejado en el suelo hecha un guiñapo. En lugar de eso…

La inmovilidad desapareció con una velocidad que yo no había visto desde los combates en Sanción IV. Aunque una parte de mí lo esperaba, no pude seguir los movimientos exactos. La figura de la mujer se desplazó hacia un lado con un parpadeo, como si fuera una simulación mal editada, y desapareció. Me acerqué al grupito; la ira de combate centraba mi visión sintética en los objetivos. En la periferia, vi que la mujer agarraba al oficiante por la muñeca y se la retorcía. Oí el crujido del codo al romperse. El tipo chilló y se agitó, pero ella siguió haciendo palanca hasta que el sacerdote se desplomó.

Un arma destelló. Truenos y rayos grasientos en la penumbra al pie de la barra. Se produjo una explosión de sangre y sesos que se dispersaron por toda la sala. Los pegotes sobrecalentados me salpicaron la cara y me quemaron.

«Un error».

La mujer había matado al que estaba en el suelo, pero había dado demasiado tiempo a los otros. El que estaba más cerca la alcanzó y la golpeó con un puño eléctrico, y ella cayó retorciéndose sobre el cuerpo destrozado del oficiante. Los demás se acercaban también, sus botas con punta de acero asomando bajo el ruedo de las túnicas del color de la sangre seca. Alguien empezó a jalear desde las mesas.

Alargué el brazo, tiré de una barba hacia arriba y rajé el cuello que quedó al descubierto hasta la columna vertebral. Eché el cuerpo a un lado. Lancé un tajo bajo a través de una túnica y la hoja se hundió en carne. Revolví el cuchillo en el interior y lo retiré. La sangre caliente me chorreaba por la mano, y el cuchillo Tebbit salpicó al salir. Alargué de nuevo el brazo, como en sueños. Agarrar y tirar, impulsarse y apuñalar, apartar. Ya los demás se volvían, pero no eran luchadores. Rajé una mejilla hasta el hueso, abrí una palma desde el dedo corazón hasta la muñeca, los aparté de la mujer tirada en el suelo, sonriendo todo el tiempo como un demonio de arrecife.

«Sarah».

Una túnica tensada sobre una barriga se me presentó delante. Entré al trapo y el cuchillo Tebbit saltó hacia arriba, rajando. Miré a los ojos al hombre al que estaba destripando. Su rostro arrugado y barbudo me devolvió la mirada con rabia. Estuvimos así, con las caras apenas a unos centímetros de distancia, durante lo que parecieron minutos antes de que la comprensión de lo que yo le había hecho le alcanzara la conciencia. Asentí con gesto brusco y percibí una sonrisa que me tiraba de la comisura de la boca. El hombre se apartó de mí gritando, con las tripas fuera.

«Sarah…»

—¡Es él!

Otra voz. Se me despejó la vista y vi al de la mano herida mostrando el tajo en alto como una oscura prueba de fe. Tenía la palma carmesí; los vasos sanguíneos más cercanos al corte ya empezaban a romperse.

—¡Es él! ¡El emisario! ¡El pecador!

La granada detonó con un estampido suave a mi espalda.

* * *

La mayoría de las culturas no se toma bien que masacren a sus hombres santos. No sabía de qué lado se pondrían los curtidos marineros que llenaban la sala. El Mundo de Harlan nunca había sido conocido por el fanatismo religioso, pero en el tiempo que había pasado fuera habían cambiado muchas cosas, casi todas para peor. La ciudadela que dominaba las calles de Tekitomura solo era una de las muchas con las que me había visto las caras en los dos últimos años y, adondequiera que fuera al norte de Millsport, eran los pobres y los oprimidos quienes engrosaban las filas de los fieles.

Mejor ir sobre seguro.

Como un duende con dolor de tripas, la explosión de la granada arrojó a un lado una mesa, pero, ante la escena de sangre y furia de la barra, pasó casi desapercibida. Pasaron seis segundos antes de que la metralla molecular que descargó penetrara en los pulmones, se descompusiera y empezara a surtir efecto.

Los alaridos ahogaban la agonía de los sacerdotes que morían a mi alrededor. Gritos confusos se mezclaban con carcajadas iridiscentes. Sufrir los efectos de una granada A es una experiencia marcadamente individual. Algunos daban manotazos al aire, como para ahuyentar alguna cosa invisible que les revoloteaba en torno a la cabeza. Otros se miraban perplejos las manos o temblaban en un rincón. De algún sitio llegaban sollozos roncos. La respiración se me había bloqueado de forma automática tras el estallido; un vestigio de décadas en un contexto militar u otro. Me volví hacia la mujer y la encontré apoyada en la barra. Tenía la cara magullada.

Me arriesgué a respirar para gritar por encima de la batahola.

—¿Te tienes en pie?

Asintió con dificultad. Señalé la puerta.

—Fuera. Intenta no respirar.

A trompicones, dejamos atrás lo que quedaba del comando de la Nueva Revelación. Los que no habían empezado ya a sangrar por ojos y boca estaban demasiado ocupados alucinando para ser una amenaza. Se tambaleaban y resbalaban en su propia sangre, gimoteaban y manoteaban al aire delante de sus caras. Estaba casi seguro de que les había dado lo suyo a todos de un modo u otro, pero, por si había perdido la cuenta, me detuve junto a uno que no mostraba heridas visibles. Un oficiante. Me incliné sobre él.

—Una luz —desvariaba, con tono agudo y fascinado. Levantó una mano hacia mí—. Una luz en el cielo, el ángel está sobre nosotros. Quién reclamará renacer si ellos no lo hacen, si ellos esperan.

Seguramente él no sabía nada de Sarah. No tenía sentido matarlo, joder.

—El ángel. —Sopesé el cuchillo Tebbit. La voz me salía ahogada por la falta de aire—. Echa otro vistazo, oficiante.

—El án… —Algo debió de entender, pese a los alucinógenos, porque la voz se le volvió chillona de pronto y trató de alejarse de mí, con los ojos como platos fijos en la hoja—. ¡No! Veo al viejo, al renacido. Veo al destructor.

—Lo has pillado.

El bioware del cuchillo Tebbit está codificado en el bisel, a medio centímetro del filo. Si te cortas por accidente, es poco pro- bable que el corte sea lo bastante hondo para tocarlo.

Le rajé la cara y me marché. Lo bastante hondo.

* * *

Fuera, una nube de pequeñas esfinges calavera iridiscentes descendió de la noche y revoloteó en torno a mi cabeza con malicia. Pestañeé para deshacerme de ellas e inspiré hondo un par de veces. «Bombea para expulsar esta mierda. Contrólate.»

La calle de detrás de la estación de limpieza estaba desierta. Ni rastro de Plex. Ni rastro de nadie. El trémulo vacío parecía preñado de potencial catastrófico. Esperaba que, de un momento a otro, las garras de un reptil gigantesco asomaran a través de las juntas de la base del edificio y lo apartaran de un manotazo.

«Pues no, Tak. Si lo esperas en este estado, ocurrirá, joder.» El pavimento…

«Muévete. Respira. Sal de aquí.»

Del cielo encapotado había empezado a caer una lluvia fina que velaba el resplandor de las lámparas Angier como una suave interferencia. Por encima de la azotea de la estación de limpieza, las cubiertas superiores de la superestructura de un arrastrero se deslizaban hacia mí, con las luces de navegación relumbrando como gemas preciosas. Unos gritos distantes salvaron el espacio entre el barco y el muelle, y luego, el siseo seguido del golpeteo metálico de los autoamarres al entrar en los encajes en tierra. La escena adquirió una calma repentina, como si el recuerdo de uno de los raros momentos de paz de mi infancia en Newpest se la hubiera contagiado. Mi miedo previo se esfumó y sentí que una sonrisa de asombro me cruzaba la cara.

«Contrólate, Tak. Son los químicos.»

En el muelle, bajo una grúa robótica inmóvil, una luz extraviada destelló en los cabellos de mi acompañante femenina cuando esta se volvió. Miré atrás de nuevo en busca de indicios de que nos seguían, pero la puerta del bar seguía cerrada. Unos ruidos tenues se filtraban casi en el límite del umbral de audición de mi funda barata. Podrían haber sido risas, gemidos, cualquier cosa. Las granadas A no dejan secuelas, pero mientras dura el efecto tiendes a perder interés en el pensamiento racional o la acción. Dudaba que nadie descubriera dónde estaba la puerta en la media hora siguiente, y mucho menos cómo cruzarla.

El arrastrero rebotó contra el muelle y quedó asegurado por los autoamarres. Unas figuras saltaron a tierra intercambiando chanzas. Crucé la calle sin ser advertido para quedar bajo la sombra de la grúa. El rostro de la mujer flotaba como un fantasma en la oscuridad. Una belleza pálida, lobuna. El pelo que lo enmarcaba parecía chisporrotear de energías apenas visibles.

—Eres muy hábil con ese cuchillo.

—Cuestión de práctica —concedí, encogiéndome de hombros.

—Funda sintética —dijo mirándome—, acero biocodificado.

¿Eres descom?

—No. Nada que ver.

—Bueno, seguro que… —Su mirada especulativa se detuvo en la parte del abrigo que me cubría la herida—. Mierda, te han dado.

—Fue en otra fiesta, hace rato —dije negando con la cabeza.

—¿Sí? Me da que no te iría mal que te viera un médico. Tengo algunos amigos que…

—No merece la pena. Salgo de esta en un par de horas. Enarcó las cejas.

—¿Reenfundado? Bueno, vale, tienes mejores amigos que yo.

Me estás poniendo bastante difícil devolverte el giri.

—Déjalo. Invita la casa.

—¿La casa? —Hizo algo con los ojos que me gustó—. ¿Qué estás, viviendo algún rollo sacado de una experia? ¿Sale Micky Nozawa? ¿Es la del robot samurái con corazón humano?

—Esa creo que no la he visto.

—¿No? Su gran vuelta a las pantallas, hará cosa de diez años.

—No la he visto. He estado fuera.

Detrás, del otro lado del muelle, se oyó jaleo. Me volví de golpe y vi la puerta del bar abierta y unas figuras vestidas con ropa gruesa recortadas contra la luz del interior. Los marineros recién llegados querían colarse en la fiesta de la granada. De dentro salieron gritos y alaridos agudos. A mi lado, la mujer adoptó una quietud tensa, con la cabeza ladeada en un ángulo que le daba un toque sensual y lupino indefinible que hizo que se me acelerara el pulso.

—Están emitiendo una llamada —dijo, y volvió a relajar la postura, tan deprisa y con tan poco aspaviento como cuando la había tensado. Parecía que se deslizaba de espaldas en las sombras—. Yo me largo. Mira, eh… gracias. Gracias. Siento haberte estropeado la noche.

—Bueno, tampoco prometía demasiado.

Se alejó un par de pasos más y se detuvo. Por debajo de los chillidos distantes del bar y del ruido de la estación de limpieza, me pareció oír que algo gigantesco se encendía, un gimoteo insistente tras el velo de la noche, una sensación de cambio de potencial, como monstruos de feria que se preparan para aparecer en escena tras el telón. Las luces y las sombras que pasaban entre los montantes que se alzaban en lo alto convertían el rostro de la mujer en una máscara blanca fragmentada. El ojo le destelló como plata.

—¿Tienes dónde quedarte, Micky-san? Has dicho un par de horas. ¿Qué piensas hacer hasta entonces?

Extendí las manos y me di cuenta de que aún esgrimía el cuchillo. Lo guardé.

—No tengo planes.

—No tienes planes, ¿eh? —Aunque no soplaba ninguna brisa marina, tuve la impresión de que se le mecían los cabellos. Asintió—. Tampoco tienes sitio, ¿verdad?

Me encogí de hombros de nuevo, luchando contra la irrealidad movediza del bajón de la granada A y quizá de algo más.

—Eso más o menos lo resume todo.

—Vale. Entonces tu plan es pasarte lo que queda de noche jugando al pillapilla con la policía de Tekitomura y los barbas e intentar ver salir el sol de una pieza. ¿Es eso?

—Eh, deberías escribir guiones de experia. Dicho así, casi suena atractivo.

—Sí. Puto romanticismo. Escucha, si quieres un sitio en el que apalancarte hasta que estén listos tus amigos de las altas esferas, puedo proporcionártelo. Si prefieres jugar a ser Micky Nozawa en las calles de Tekitomura —inclinó la cabeza otra vez—, ya veré la peli cuando salga.

—¿Queda lejos? —pregunté con una sonrisa.

Desvió los ojos hacia la izquierda.

—Por aquí.

Desde el bar llegaban alaridos desquiciados, y una voz que clamaba asesinato y castigo divino.

Nos escabullimos entre las grúas y las sombras.


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