Título de la obra: España, plató de pesadillas. Territorios cinematográficos del horror
Autor: Sergio Moreno Ramos
Editorial: Anaya Touring
Año de edición: 2025
Extensión: 216 páginas
Encuadernación: Tapa blanda
PVP: 24,95€
Hay libros que parten de una idea atractiva y se quedan en la superficie. España, plató de pesadillas no es uno de ellos. El planteamiento para el lector es claro: recorrer distintos puntos de la geografía española que han servido de escenario a algunas de las películas más significativas de nuestro cine de terror y fantástico. El riesgo era evidente: convertir el ensayo en una guía de curiosidades o en un inventario de localizaciones para cinéfilos. Sergio Moreno Ramos evita ese peligro desde las primeras páginas. Porque aquí, el territorio no es una anécdota ni un decorado intercambiable. Es parte del discurso.
CINE Y LUGAR EN ESPAÑA, PLATÓ DE PESADILLAS: UNA RELACIÓN ESTRUCTURAL
Uno de los mayores aciertos del libro es demostrar que las localizaciones elegidas por estas películas no son casuales. El ensayo analiza cómo determinados paisajes (urbanos, rurales, costeros o de interior) aportan una densidad simbólica que refuerza el relato cinematográfico.
No es lo mismo el Madrid caótico de El día de la bestia que la isla luminosa de Quién puede matar a un niño. No es intercambiable la mansión brumosa de Los otros con cualquier casa victoriana genérica; ni la aldea pesquera de Dagon: la secta del mar con cualquier puerto inventado.
El autor insiste en algo fundamental: el espacio no acompaña al miedo, lo construye. Esa idea, que podría parecer evidente, adquiere peso cuando se examina película a película. El ensayo no se limita a describir el lugar, sino que lo conecta con la intención narrativa, el contexto histórico y el tono del film, a la vez que nos hace viajar en el tiempo.
¿Quién puede matar a un niño? Narciso Ibáñez Serrador, 1976.
En la película de Narciso Ibáñez Serrador, basada en El juego de los niños, novela de Juan José Plans, la isla mediterránea funciona como un laboratorio moral. El autor destaca cómo la luz intensa, la quietud de las calles y el mar inmóvil generan una sensación inicial de normalidad que hace aún más perturbador lo que ocurre después. No hay sombras ni decorados sombríos. Hay luz. Mucha luz. Y esa claridad convierte la violencia en algo más incómodo.

La condición insular refuerza la idea de aislamiento físico y moral. No hay escapatoria fácil. La geografía impone sus límites. Moreno Ramos acierta al señalar en España, plató de pesadillas que el paisaje no es un simple contraste con el horror, sino su condición de posibilidad. Sin esa isla concreta, la película perdería parte de su fuerza.
Recuerdo la primera vez que vi ¿Quién puede matar a un niño? Y, precisamente, lo que más me impactó de ella fue la capacidad de Chicho Ibáñez Serrador de generar terror a plena luz del día. La inmensa mayoría de las películas de terror transcurren de noche, en bosques sombríos, en mansiones oscuras o en escenarios donde la niebla o la tormenta arrebatan cualquier posible protagonismo al Sol, todo lo contrario a lo que ocurre en la obra maestra (porque lo es) de Chicho.
Los otros. Alejandro Amenábar, 2001.
En Los otros, el territorio se reduce a un espacio cerrado: una mansión rodeada de niebla. El libro analiza cómo la arquitectura interior (puertas encadenadas, habitaciones aisladas, cortinas que bloquean la luz) convierte la casa en un organismo autónomo.

Escena en la que se ve los exteriores del palacio de Las Fraguas en Los otros.
La niebla exterior no es solo atmósfera estética. Es una prolongación del desconcierto. El aislamiento espacial dialoga con la ambigüedad narrativa. El ensayo subraya que el horror aquí no depende de lo explícito, sino de la percepción. El espacio cerrado intensifica la duda. El territorio es interior, pero no menos decisivo.
Después de recorrer más de cuarenta mansiones inglesas buscando la localización ideal, con la intención de que tuviera un aire similar al edificio de la ya citada La residencia, de Narciso Ibáñez Serrador, el equipo de Amenábar encontró el lugar ideal en Las Fraguas, una pequeña localidad del municipio cántabro de Arenas de Iguña. El Palacio de Hornillos, o Casa de Los Hornillos, fue el elegido.
Dagon: la secta del mar. Stuart Gordon, 2001.
El traslado del imaginario lovecraftiano a la costa gallega es uno de los ejemplos más interesantes del libro. Moreno Ramos subraya en España, plató de pesadillas cómo el paisaje atlántico aporta una dimensión distinta al horror: humedad, erosión, decadencia. La aldea pesquera no es decorativa. Refuerza la sensación de comunidad cerrada y tradición opresiva. El mar, omnipresente, actúa como amenaza constante.

Aquí el territorio funciona como destino inevitable. No es solo escenario: es origen y final. El pueblo pontevedrés de Combarro se convirtió en Innsmouth y sus habitantes en extras que aún a día de hoy recuerdan con cariño aquellos días extraños.
Pese a sus muchas limitaciones, cosas de la serie B, la ambientación y el haber sido la última película de Paco Rabal, le confieren a Dagon: la secta del mar un encanto especial.
La residencia. Chicho Ibáñez Serrador, 1969.
En La residencia, el internado femenino se convierte en espacio de control. España, plató de pesadillas analiza cómo la arquitectura rígida y la organización jerárquica del edificio refuerzan la sensación de vigilancia constante. Los pasillos largos y las habitaciones alineadas no son neutros y contribuyen a construir una atmósfera de opresión (¿reflejo de la sociedad oprimida de la España de los años sesenta, tal vez?) que sostiene el tono del film.

El espacio físico refleja el sistema disciplinario y el Palacio de Sobrellano, en Comillas (Cantabria), ofrece la localización ideal que alguien tan perfeccionista como Ibáñez Serrador sin duda buscaba.
El orfanato. Juan Antonio Bayona, 2007.
La casa frente al mar es un lugar de retorno y memoria. Moreno Ramos analiza cómo el edificio funciona como contenedor de ausencias. El espacio no es únicamente escenario de lo sobrenatural. Es depósito emocional. Las habitaciones y los pasillos sostienen el duelo, la búsqueda y la culpa. «El orfanato», sostiene el autor, «no es una película de fantasmas, aunque sí es una película con fantasmas. Es un melodrama en el que una madre intenta asumir la pérdida de un hijo».

El libro acierta al mostrar cómo el entorno físico potencia la dimensión íntima del relato. Porque más allá de la casona, dos de las secuencias más importantes de la película se localizaron en la playa asturiana de Andrín, precioso lugar que seguro recuerdan quienes hayan visto la película.
Guillermo Del Toro en España, plató de pesadillas
En El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006), el paisaje aparece atravesado por la memoria histórica. El orfanato aislado (La Cartuja de Talamanca del Jarama, Madrid) o el molino en mitad del bosque (Prado de Juan Llanos, en la Sierra de Guadarrama segoviana) no son fondos neutros. El territorio es herida histórica.

Moreno Ramos explica cómo el componente fantástico no sustituye el contexto político, sino que lo resignifica. El espacio se convierte en escenario donde conviven brutalidad y fantasía.
Ciudad y modernidad: Tesis y El día de la bestia
En Tesis (Alejandro Amenábar, 1996), el entorno universitario madrileño representa una inquietud contemporánea: la violencia como espectáculo. El campus moderno se revela como espacio ambiguo.
En El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995), Madrid se transforma en escenario apocalíptico reconocible. Azoteas, calles y edificios emblemáticos se integran en un relato donde lo cotidiano se desestabiliza.
El horror ya no está en la periferia. Está en el centro urbano y Sergio Moreno nos traslada al Madrid de 1995 para situarnos en la ciudad que Álex de la Iglesia nos quiso mostrar.
UNA SELECCIÓN COHERENTE EN ESPAÑA, PLATÓ DE PESADILLAS
El listado de películas seleccionadas por el autor no pretende ser exhaustivo, pero sí representativo. La combinación de títulos clásicos y contemporáneos permite trazar una línea evolutiva del horror español en relación con su geografía. No están todas las películas posibles, pero las seleccionadas funcionan como hitos. El conjunto ofrece una panorámica equilibrada entre cine de autor, propuestas comerciales y obras de culto.

Aunque el libro se inscribe en el ámbito del turismo cinematográfico, evita el tono promocional. No convierte los lugares en meros reclamos, sino que los contextualiza.
Esa diferencia es importante. El lector puede utilizar el ensayo como guía práctica, pero también como reflexión cultural. La combinación de información histórica, análisis cinematográfico y referencias geográficas está bien medida. El texto es accesible sin resultar superficial.
ESPAÑA, PLATÓ DE PESADILLAS: Un libro que modifica la mirada
Moreno Ramos escribe con claridad, estructura bien los capítulos y mantiene un tono equilibrado entre divulgación y análisis. Es un ensayo recomendable para aficionados al cine de terror y fantástico, pero también para lectores interesados en la relación entre cultura, territorio e identidad. Funciona como invitación a recorrer esos escenarios, pero sobre todo a revisitar las películas con una mirada más atenta.
Al terminarlo, uno tiene ganas de volver a La residencia, El orfanato, ¿Quién puede matar a un niño? o Dagon y prestar más atención al lugar donde ocurre todo. Ese pequeño desplazamiento en la forma de mirar es su mayor logro. No es solo un catálogo de rodajes. Es una reflexión clara sobre cómo el cine de terror español ha sabido dialogar con su propia geografía. Y esa lectura, sólida y bien argumentada, merece nuestra atención.
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