La nueva novela de Joe Abercrombie desembarca esta semana en las librerías españolas. Los seguidores del señor del grimdark por fin podrán continuar la historia de Orso, Savine, Leo, Rikke y compañía en la segunda entrega de La Era de la Locura, que llega este 25 de febrero de la mano del sello Runas. El problema de la paz se publica en tapa dura con sobrecubierta, tiene 712 páginas y se puede comprar por 24,90 euros. Su edición digital estará también disponible el mismo día por 12,49 euros. La traducción de la novela ha corrido a cargo de Manu Viciano, que ya hizo el mismo excelente trabajo con Un poco de odio, su anterior entrega.
SINOPSIS
A pesar de los reveses sufridos, no hay nada que se interponga en el camino de Savine dan Glokta, en el pasado la inversora más poderosa de Adua, cuando ha puesto su ambición en un objetivo. Para héroes como Leo dan Brock y Stour Ocaso la paz no es más que un inconveniente que debe remediarse cuanto antes. Pero primero hay que alimentar agravios y reunir aliados. Entre tanto, Rikke tiene que dominar el ojo largo… antes de que su poder acabe con ella. En todos los sectores de la sociedad anida el descontento. Los Rompedores aún acechan en la clandestinidad, tramando planes para llevar a cabo el Gran Cambio que por fin libere al pueblo, mientras los nobles descontentos tratan de aumentar su influencia y sus prebendas. Orso intenta hallar un camino seguro en el laberinto de cuchillos que es la política, pero sus deudas y sus enemigos no dejan de aumentar. Ninguna alianza, ninguna amistad, ninguna paz, dura para siempre.
Y para aligerar algo la espera y (para que mentir) aumentar las ganas que tenéis de devorar la nueva obra de Abercrombie, os traemos un tercer y último aperitivo. Si la semana pasada compartíamos con vosotros el primer y segundo capítulos de la novela, hoy os dejamos en exclusiva el tercer capítulo de El problema de la paz.
EL PROBLEMA DE LA PAZ: UN MAR DE PROBLEMAS
—Sed todos bienvenidos al decimoquinto encuentro semestral de la Sociedad Solar de Adua.
Curnsbick, resplandeciente en un chaleco bordado con flores de plata, alzó al aire sus amplias manos para pedir silencio, aunque el aplauso era endeble. Antes el estruendo habría amenazado con derrumbar el teatro. Savine lo recordaba bien.
—Muchísimas gracias a nuestras distinguidas mecenas, lady Ardee y su hija, lady Savine dan Glokta.
Curnsbick hizo su habitual floritura exagerada hacia el palco donde estaba sentada Savine, pero los aplausos que despertó fueron incluso más apagados. ¿Alcanzó a oír unos bisbiseos chismosos abajo? «Esa mujer ya no es lo que era, ¿sabes? Ni la mitad de lo que era…».
—Cabrones desagradecidos —susurró sin perturbar su sonrisa fija. ¿Era posible que hubieran pasado solo unos meses desde que se cagaban encima con la mera mención de su nombre?
—Decir que este ha sido un año difícil… —Curnsbick bajó el ceño hacia sus notas, como si fuesen una lectura deprimente—. No hace justicia a los problemas que hemos afrontado.
—En eso tienes toda la puta razón. —Savine escondió la cabeza tras su abanico y esnifó un pellizco de polvo de perla. Solo para sacarla del lodazal. Solo para tener un poco de viento en las velas.
—Guerra en el Norte. Problemas en Estiria. Y la muerte de Su Augusta Majestad el rey Jezal I. Muy joven. Demasiado joven. —La voz de Curnsbick se quebró un poco—. La gran familia de nuestra nación ha perdido a su gran padre.
Savine se encogió al oír la palabra y tuvo que secarse un poco el ojo con la yema del meñique, aunque sin duda cualquier lágrima que hubiera allí era por sus propios problemas y no por un padre al que apenas había conocido y al que desde luego no había respetado. Toda lágrima es por quien la vierte, al final.
—Y luego los terribles acontecimientos de Valbeck. —Una especie de penoso lamento por todo el teatro, una ondulación abajo al menearse todas las cabezas—. Valores arruinados. Compañeros perdidos. Factorías que eran el asombro del mundo convertidas en escombros. —Curnsbick dio un golpe a su atril—. ¡Pero ya se alzan industrias nuevas de las cenizas! ¡Viviendas modernas de las ruinas de los suburbios! ¡Fábricas más grandes con maquinaria más eficiente y trabajadores más disciplinados!
Savine intentó no pensar en los niños de su fábrica de Valbeck, antes de su destrucción. Las literas embutidas entre las máquinas. El calor sofocante. El ruido ensordecedor. El polvo asfixiante. Pero todo espantosamente disciplinado. Todo terriblemente eficiente.
—La confianza ha sufrido un duro golpe —lamentó Curnsbick—. Los mercados están revueltos. Pero del caos puede surgir la oportunidad. —Dio otro golpe a su atril—. Debe hacerse que surja la oportunidad. Su Augusta Majestad el rey Orso nos guiará a una nueva era. ¡El progreso no puede detenerse! ¡No se le permitirá detenerse! ¡En beneficio de todos, aquí en la Sociedad Solar lucharemos sin descanso para arrastrar a la Unión desde el sepulcro de la ignorancia hasta las tierras altas de la iluminación!
Aplauso fuerte en esa ocasión, y en el público de abajo hombres poniéndose en pie.
—¡Eso, eso! —rebuznó alguien.
—¡Progreso! —exclamó otro.
—Es tan inspirador como un sermón en el Gran Templo de Shaffa —murmuró Zuri.
—Si no supiera que no, diría que Curnsbick también ha tomado algo que lo anime —dijo Savine, y se agachó tras su abanico y esnifó otro pellizco. Solo uno más, para prepararse para la pelea.
La batalla ya había comenzado bajo las grandes lámparas de araña del vestíbulo. Una trifulca más dispersa que en otras reuniones recientes. Menos animada. Más amarga. Perros más hambrientos tirándose mordiscos por botines más magros.
El bullicio le recordó a la multitud de Valbeck cuando los Rompedores repartían comida por el arrabal. En el teatro vestían con seda y no con harapos, apestaban a perfume y no a sudor rancio, el peligro constante era de bancarrota y no de violencia, pero los empujones y el hambre venían a ser los mismos. Hubo un tiempo en que Savine se había sentido tan cómoda en aquel ajetreo como una abeja reina en su colmena. Pero en esos momentos, su cuerpo entero cosquilleaba de gélido pánico. Tuvo que contener el impulso de liarse a codazos y correr chillando hacia la puerta.
—Cálmate —vocalizó para sí misma, intentando relajar los hombros para que le dejaran de temblar las manos pero perdiendo toda paciencia al instante y flexionando todos los músculos del cuerpo—. Cálmate, cálmate, cálmate.
Constriñó su cara en una sonrisa, abrió de golpe su abanico e hizo acopio de voluntad para internarse en el gentío seguida de Zuri. Los ojos se volvieron hacia ella, con expresiones más duras que las que estaba acostumbrada a encontrar. Calculadoras, más que admiradas. Despectivas, más que envidiosas. Antes solían rodearla en tropel como cerdos en torno al único comedero de la granja. Pero ese día los bocados más tentadores estaban en otro lugar. Savine apenas lograba vislumbrar a Selest dan Heugen entre el enjambre de caballeros que competían por su atención. Solo un destello de aquella
chillona peluca roja. Un bocinazo de aquella horrible y ostentosa risa exagerada que otras mujeres ya empezaban a imitar.
—Por los Hados, cómo desprecio a esa mujer —musitó Savine.
—Es el mayor cumplido que podríais hacerle —dijo Zuri, alzando de su libro una mirada de advertencia—. No se puede despreciar algo sin reconocer su importancia.
Tenía razón, como siempre. Selest había cosechado un éxito tras otro después de invertir en aquel proyecto de Kaspar dan Arinhorm, el que Savine había rechazado con tanto énfasis. Sus propios intereses en las minas de Angland habían sufrido considerables pérdidas desde que Arinhorm empezara a instalar sus nuevas bombas por toda la provincia.
Y esas distaban mucho de ser las únicas inversiones decepcionantes que había hecho en tiempos recientes. Antes hacía florecer los negocios con solo sonreírles. Ahora toda manzana que mordía resultaba estar podrida. No se había quedado sola, desde luego. Pero su abanico estaba más atareado atrayendo pretendientes que espantándolos.
Se vio en la tesitura de hablar con el viejo Ricart dan Sleisholt, que acariciaba la demente fantasía de crear energía represando el Torrente Blanco. Saltaba a la vista que estaba en el equipo perdedor de la vida, con los hombros de la chaqueta bien espolvoreados de caspa, pero era crucial que Savine aparentara estar ocupada. Mientras el hombre parloteaba, ella se dedicó a tamizar el flujo de las conversaciones que la rodeaban a la caza de oportunidades como un buscador de oro tamizaría los helados arroyos de las Tierras Lejanas.
—… cubertería y cortinas y vajilla y relojes. La gente tiene dinero y quiere cosas…
—… oído que Valint y Balk le exigieron devolver los préstamos. Magnate por la mañana, mendigo a media tarde. Una saludable lección para todos nosotros…
—… propiedad en Valbeck. No te creerías el precio que obtuve por unos terrenos desocupados. Bueno, digo desocupados, pero esa escoria es fácil de trasladar…
—… imposible saber hacia dónde se decantará el Consejo Cerrado sobre los impuestos. Hay un agujero enorme en las finanzas. La tesorería entera es un agujero…
—… dije que si no querían trabajar, contrataría a un montón de hijos de puta marrones que sí quisieran, y no sabes lo poco que tardaron en volver a las máquinas…
—… nobles están furiosos, los plebeyos están furiosos, los mercaderes están furiosos y mi esposa no está furiosa aún, pero nunca hace falta mucho…
—De modo que ya veis, lady Savine. —Sleisholt estaba preparando el final culminante de su discurso—. El poder del Torrente Blanco languidece sin ser aprovechado, como un semental sin brida, y…
—¡Permitidme! —Curnsbick cogió a Savine por el codo y se la llevó con habilidad.
—¡Sin brida, lady Savine! —exclamó Sleisholt a su espalda—. ¡Estoy disponible para seguir hablando cuando queráis! —Y sus palabras se perdieron en un ataque de tos que se disolvió en la cháchara del vestíbulo.
—Gracias a los Hados que has venido —murmuró Savine—. Creía que no podría escapar nunca de ese viejo memo.
Curnsbick apartó la mirada mientras se rascaba la nariz con gesto significativo.
—Tienes un algo justo ahí.
—Joder.
Savine se hundió tras su abanico para limpiarse un resto de polvo del borde de su irritada fosa nasal.
Cuando emergió de nuevo, Curnsbick la miraba preocupado desde debajo de sus cejas canosas, en las que aún quedaba algún tozudo pelo rojizo.
—Savine, te considero una de mis mejores amigas.
—Qué encantador por tu parte.
—Sé que tu corazón es generoso…
—Entonces sabes más que yo.
—… y tengo en muy alta estima tus instintos, tu tenacidad, tu ingenio…
—No hace falta mucho ingenio para intuir que se avecina un «pero».
—Me preocupas. —Curnsbick bajó la voz—. Me llegan rumores, Savine. Estoy preocupado por… bueno, por tu juicio.
Savine empezó a notar un desagradable picor en toda la piel bajo el vestido.
—¿Mi juicio? —susurró, obligando a su sonrisa a ensancharse otro diente.
—Ese negocio en Keln que acaba de quebrar, ya te advertí que no era viable. Unas embarcaciones de ese tamaño…
—Debes de estar contentísimo de tener tanta razón.
—¿Qué? ¡No! No podría estar menos contento. Seguro que derrochaste miles y miles en financiar la División del Príncipe Heredero. —La cifra se acercaba más a los millones—. Y luego me entero de que el canal de Kort se ha complicado por problemas laborales. —Enfangado sin remedio estaba más próximo a la verdad—. Y no es ningún secreto que sufriste enormes pérdidas en Valbeck…
—¡No tienes ni puta idea de lo que perdí en Valbeck! —El exabrupto hizo retroceder sorprendido a Curnsbick, y Savine se dio
cuenta de que tenía el puño tenso en torno al abanico plegado y lo estaba agitando ante la cara de él—. No… no tienes ni idea.
Se sorprendió al notar el dolor de las lágrimas al fondo de la nariz y tuvo que volver a abrir de golpe el abanico para poder secarse los párpados, cuidando de que no se le corriera el maquillaje. ¿Qué más daba su juicio? La cosa estaba llegando a un punto en que ya no podía fiarse ni de sus ojos.
Pero cuando alzó la vista, Curnsbick ni siquiera la estaba mirando. Su atención estaba al otro lado del ajetreado vestíbulo, cerca de la puerta.
La charla entusiasta se redujo al silencio y la gente abrió paso para que llegara por el centro un joven con un numeroso séquito de guardias, oficiales, ayudantes y parásitos, su pelo rubio arreglado con esmero para dar la impresión de no estar arreglado en absoluto, su uniforme blanco cargado de medallas.
—Me cago en la leche —susurró Curnsbick, cogiendo el codo de Savine—. ¡Es el puto rey!
Por muchas críticas que pudieran hacérsele —y había más que nunca, difundidas en panfletos que se deleitaban con los detalles sórdidos—, era innegable que el rey Orso tenía la actitud y el aspecto adecuados. A Savine le recordó a su padre. Al padre de ambos, se corrigió con un horrible retortijón de repugnancia. Orso reía, daba palmadas en brazos, estrechaba manos e intercambiaba bromas como el mismo dechado de buen humor un tanto ausente que el rey Jezal había sido en otro tiempo.
—Majestad —dijo Curnsbick, todo melaza—, la Sociedad Solar se ilumina con vuestra presencia. Me temo que hemos tenido que empezar las ponencias sin vos.
—No temáis, maese Curnsbick. —Orso le dio una palmadita en el hombro como a un viejo amigo—. Tampoco creo que hubiera podido ayudaros mucho con los detalles técnicos.
El gran maquinista reaccionó con la más mecánica de las risas.
—Seguro que ya conocéis a nuestra mecenas, lady Savine dan Glokta.
Sus ojos se cruzaron solo un instante. Pero un instante bastó.
Savine recordaba cómo solía mirarla Orso. Aquel chispeo travieso en los ojos, como si estuvieran jugando a un delicioso juego del que nadie más sabía en el mundo. Fue antes de que Savine descubriera que tenían el mismo padre, cuando él aún era príncipe heredero y el juicio de ella se consideraba impecable. La mirada que tenía en ese momento era inexpresiva, muerta, desapasionada. La de un doliente en el funeral de alguien a quien apenas conocía.
Orso le había pedido que se casara con él. Que fuera su reina. Y lo único que ella había querido era decirle que sí. Él la amaba y ella lo amaba a él.
Sus ojos se cruzaron solo un instante. Pero un instante fue todo lo que Savine pudo soportar.
Se hundió en la reverencia más profunda que pudo, deseando poder seguir hundiéndose hasta que se la tragaran los azulejos del suelo.
—Majestad…
—¡Lady Selest! —oyó que decía Orso, y a continuación el chasquido de un talón cuando el rey se volvió—. ¿Quizá podríais enseñarme todo esto?
—Sería un honor, majestad. —Y el burbujeo de la risotada victoriosa de Selest dan Heugen dolió tanto a Savine como agua hirviendo en los oídos.
Era un desprecio que no podía haber pasado inadvertido a nadie de todo el vestíbulo. Si Orso la hubiera derribado al suelo y le hubiera pisado el cuello, no le habría hecho más daño. Cuando Savine se irguió, todos susurraban. Ridiculizada, por el rey y en su propio terreno.
Anduvo hasta las puertas a través de rostros que flotaban, con una sonrisa clavada en sus mejillas ardientes, y bajó a trompicones los peldaños hasta la calle iluminada por el crepúsculo. Tenía el estómago revuelto. Se tiró del cuello del vestido, pero le habría sido más fácil atravesar un muro de prisión con las uñas que aflojar aquellas puntadas triples.
—¿Lady Savine? —dijo Zuri con voz preocupada.
Savine rodeó tambaleándose la esquina del teatro hacia la oscuridad de un callejón, se agachó sin poder evitarlo y echó los hígados contra la pared. Vomitar le recordó a Valbeck. Todo le recordaba a Valbeck.
Se enderezó y se quitó el moco ardiente de la nariz.
—Hasta mi propio estómago me traiciona.
Una franja de luz en un lado del oscuro rostro de Zuri hizo que le brillara un ojo.
—¿Cuándo os vino el último período? —preguntó Zuri con suavidad.
Savine se quedó quieta un momento, con la respiración entrecortada. Entonces levantó los hombros, impotente.
—Justo antes de que Leo dan Brock visitara Adua. ¿Quién iba a decir que terminaría echando de menos el suplicio mensual?
Probablemente su respiración entrecortada debería haberse convertido en un sollozo ahogado, y ella haber caído en brazos de Zuri para llorar por el colosal desastre que había hecho de su vida. Curnsbick hacía bien en preocuparse, el viejo tonto. El juicio de Savine se había ido a la mierda y aquel era el resultado.
Pero en vez de llorar, se echó a reír.
—Estoy vomitando en un callejón que huele a meado —dijo—, con un vestido que cuesta quinientos marcos y un bastardo en camino. Qué ridícula soy, joder.
La risa remitió y Savine se apoyó en la pared, raspándose la amarga lengua contra los dientes.
—Cuanto más asciendes, desde más alto puedes caer y mayor es el espectáculo que das al llegar al suelo. Qué drama tan maravilloso, ¿eh? Y ni siquiera tienen que pagar entrada. —Apretó los puños—. Todos creen que voy a hundirme. Pero si se piensan que me hundiré sin pelear, más les valdría…
Se agachó y soltó más vómito. Solo un chorrito acre en esa ocasión. Arcadas y risitas a la vez. Lo escupió y se limpió la cara con el dorso del guante. La mano volvía a temblarle.
—Cálmate —musitó para sus adentros, cerrando los puños—. Cálmate, gilipollas de mierda.
Zuri parecía preocupada. Y esa mujer nunca parecía preocupada.
—Pediré a Rabik que traiga el carruaje. Deberíamos llevaros a casa.
—Ah, venga, pero si la noche es joven. —Savine sacó la cajita para tomar otro pellizco de polvo de perla. Solo para superar los baches. Solo para que las cosas siguieran en marcha. Se encaminó hacia la calle—. Tengo ganas de ver trabajar a maese Broad.